19.10.14

La fuga de Francisco Nicolás


Los primeros huidos de la Mafia tampoco encontraron abrazos. No hay deserción sencilla. Ni siquiera los que dejaban el fútbol en el colegio para jugar al ajedrez tuvieron consuelo hasta muchos años más tarde. La misma ausencia de compasión vista con el recientemente célebre Francisco Nicolás, de quien la juez trazó el mejor retrato mientras fingía hacer otra cosa: “Vaya por delante que esta Instructora no acierta a comprender cómo un joven de 20 años, con su mera palabrería puede acceder a las conferencias, lu­ga­res y actos a los que ac­cedió sin alertar desde el inicio de su con­ducta a nadie”, escribe en su auto, y deja así atrapado en un carboncillo judicial a buena parte del batallón conocido como clase política, del que aparentemente Francisco Nicolás planeaba escapar.

Dígase ya: no era más que un político profesional (esculpido con la precisión de un retrato robot) que se hacía pasar por estudiante de Cunef. Quizá con la esperanza de dejar atrás su vida real por otra en la que acudir a las copisterías a imprimir currículums en lugar de informes del CNI. Se ve que le estaba costando conseguir un título con el que adentrase en la acolchada rutina de las entrevistas de trabajo, pero se puede entender. Tardes ahogadas en la banalidad del palco del Bernabéu, gestiones para el Gobierno en un momento crítico (ofreció al abogado de Jordi Pujol una tregua a cambio de un dinero, para no levantar sospechas), abnegación por la corona (se sometió a tres horas de achicharrante espera para que los reyes pudieran fotografiarse con él el día de la coronación). Pero no se tolera el desprecio que se intuye en querer abandonar algo anhelado por otros. Un cargo del PP recordaba el otro día cuánto había deseado su sitio: al llegar a los actos lo encontraba siempre en primera fila, y él tenía que irse a la tercera. Intolerable. Le cortaron las alas con un clásico: “Andaba pidiendo comisiones”.

Un final a la altura de un tipo de raza. Igual que el dado a Pujol. Como tantas cosas, el destino de Francisco Nicolás también estaba ya escrito en El Padrino: “Justo cuando creía que estaba fuera, me vuelven a arrastrar dentro”.

15.10.14

President Vila-Matas

Mientras Artur Mas hablaba el martes con naturalidad de una consulta que lo era y no lo era al mismo tiempo, sospeché de Vila-Matas. Era inverosímil, sí, pero a medida que avanzaba no podía dejar de pensarlo. Mas, acorralado, había encontrado una escapatoria en un guion del escritor. Sus palabras estaban plagadas de indicios. “Ante un adversario así, no vamos a dar más pistas”. Ahí lo vi, claramente, embozado en una gabardina, desapareciendo al doblar una calle. “Si se quiere considerar un simulacro, por mí perfecto”. No había dudas. Pero no podía ser.

Ya por la noche encontré el artículo que escribía ese día Vila-Matas. En especial a este párrafo en el que se citaba a sí mismo: “Aunque apremiado, me sobró tiempo para decir que llevábamos siglos separando ficción y realidad con un biombo imaginario: ‘El biombo divide en dos espacios una habitación y nos ofrece la posibilidad de diferenciar las dos áreas. Pero la separación es artificial, puesto que oculta que, de hecho, hay un solo espacio’”.

Aunque no podía ser, no había dudas de la huella de Vila-Matas en la invención de la falsa consulta como salida. Aún menos si se sigue leyendo el artículo. Aquel párrafo lo había compuesto el escritor “convencido de estar sintetizando una brillante conferencia que recordaba haberle escuchado a Ottmar Ette en la universidad de San Gallen”.

Se puede rastrear el origen del invento de Mas en el propio artículo del novelista: “Ahora bien, cuando días después encontré en la Revista Iberoamericana la conferencia del profesor Ette, descubrí con sorpresa que allí no había nada sobre realidad y ficción. Nada”.

19.9.14

El membrillero real

Mientras se aguardaba lo de Escocia, en España los digitales se dieron ayer el lujo de lanzar el urgente de que un pintor había terminado un cuadro. No sólo eso: el cuadro no hace falta ni verlo. Con una hondura artística insólita, aquí el interés se encontraba contenido en el proceso, en los veinte años que Antonio López ha estado pintando a lo que entonces era la familia real: Juan Carlos I, su esposa y sus tres hijos. A ese viaje artístico aquí se le ha encontrado incluso sentido político. Su final como noticia de última hora -con todos sus elementos, desmentido posterior incluido- tiene cierto carácter de performance.

En este tiempo ha resultado inevitable recordar “El sol del membrillo”, la película de Víctor Erice estrenada en 1992 que muestra la lucha de Antonio López por pintar un membrillero de su jardín. Para el cuadro del urgente escogió un camino distinto, con un elemento diabólico en principio desapercibido. Al recibir el encargo en 1994, decidió elaborarlo a partir de una fotografía tomada por Chema Conesa dos años antes, el mismo 1992 de la película. Él, que siempre pinta del natural, entendió que a aquella familia no se la podía pintar del natural. Más que ver el cuadro, lo que se hace falta es otra película de Erice. En la primera, el pintor tenía herramientas para reaccionar a la tortura de perseguir lo inasible -el membrillo cambiante-. El cuadro, en realidad inexistente como tal, cambiaba al ritmo del árbol. La elaboración de la gigantesca obra de los veinte años contenía una trampa peor: mientras el modelo se derrumbaba a la vista de todos, Antonio López pintaba encadenado a una fotografía estancada en un momento de raro esplendor encapsulado, sin matrimonios, separaciones, juicios.

Durante el doloroso tránsito de lo inasible al manoseo, el pintor trabajaba en la disposición de las figuras, en el tratamiento de los vacíos. De ahí lo perturbador de que lo haya dado por terminado. Consumidos veinte años de espera, la realidad se queda ya sin la oportunidad de volver a alcanzar al cuadro. Se entiende el flash de última hora de los digitales. El arte da nota del fin de la Historia. Antonio López se ha cansado de esperar.

13.9.14

No ser calvo

Contra la calvicie también se ha probado la escritura. Lo ha hecho Alexis Ravelo, que escribió El viento y la sangre, e inventó luego a M. A. West para atribuírsela. Que el camino de Ravelo haya superado ampliamente en complicación al habitual de bajar a la farmacia o navegar un rato por internet, se debe, quizá, a que él intentaba escapar de algo más que de la alopecia: “Ha sido una máscara para demostrarme que no soy un escritor canario, español o calvo, sino, sencillamente, un artesano, un escribidor”.

Para no ser canario, español ni calvo, Ravelo decidió nacer en Cincinnati en 1927 y escribir en 1950 una novela pulp ambientada en un pueblito de Dakota del Sur. Y eso debe de ser el reverso de todo aquello de lo que huye, al menos, uno de los posibles reversos. En general, a los lectores españoles, que como Ravelo no han estado nunca en Dakota del Sur, les pareció que la novela podía haberla escrito perfectamente un tipo de Cincinnati del siglo pasado. Por poco que se sepa de ellos, uno espera ciertas cosas de los escritores pulp, del mismo modo que los escritores de perfiles esperan otras de, por ejemplo, Ana Patricia Botín. En 1999, dos periodistas de El País compusieron una pieza ahora especialmente célebre por haber desaparecido, en la que interrogaban sobre sus propias expectativas de Botín a un antiguo miembro del servicio: “¿Qué comen los ricos? ¿Era una casa de gustos exquisitos? ‘Para nada; la realidad es mucho más prosaica de lo que uno se puede imaginar. Comían macarrones, arroz, mucha verdura. Y les encantaban las sardinas, chicharros y bocartes, siempre que fueran de Santander’”. La combinación de macarrones y ricos debe de ser algo así como la de un canario calvo escribiendo novelas con un secuestro y una maleta hinchada de dólares. Sin un palacio y un tipo de Cincinnati, pasa uno de largo. Y Ravelo no quería eso.

En su búsqueda de cabellera, Ravelo quería que su texto “se explicara por sí solo”; aunque le colocó al lado a M. A. West, en lugar de inventar, pongamos, un vietnamita que narrara Dakota del Sur. Ahora que ha vuelto a ser calvo y español, lo prodigioso sería una novela costumbrista canaria firmada por ese M. A. West de Cincinnati. Con el jefe Bambridge en Las Palmas.

5.9.14

Volver del mal

Colombia y su número de ilusionismo de Estado. Fue el martes de la semana pasada. A las 21.03 se abrieron las puertas de la prisión de alta seguridad de Cómbita y salieron cuatro camionetas y un automóvil, que desfilaron ante medio centenar de periodistas. Esperaban a John Jairo Velásquez, Popeye, un tipo de 52 años que llevaba preso de los 29, cuando era el jefe de los sicarios de Pablo Escobar. Mientras los periodistas —y a través de ellos todo el país—, lo imaginaban en alguno de aquellos vehículos, un coche oscuro de cristales tintados y con las luces apagadas circulaba por un camino interior hacia el penal de El Barne, parte del mismo complejo. Unas dos horas después depositó a Popeye en la calle 170 de Bogotá, donde lo esperaba una camioneta.

Durante los 23 años que pasó en prisión, Popeye reconoció haber matado a unas 300 personas y haber ordenado el asesinato de otras 3.000. La semana pasada, después de cumplir tres quintas partes de su condena, un juez le concedió la libertad condicional. “Cuando salga, no pienso hacerle mal a nadie”, había anunciado hace unos meses en una entrevista en la revista Bocas, en la que también decía que los únicos enemigos que quedaban dispuestos a matarle eran los hermanos Ochoa. Ahí está contenido aquello capaz de convertir a un Estado en ilusionista. Colocar a Popeye fuera del alcance de los Ochoa. Y sacarlo también de la vida del resto.

Una de las condiciones de la libertad fue que aceptara vivir en el anonimato, lejos de sus conocidos. Desaparecer. El mecanismo de la puerta de la madre que cita Joan Didion en El año del pensamiento mágico. A su hijo de 19 años lo había matado una bomba en Kirkuk. “Vi al hombre vestido de verde y lo supe. Pero pensé que mientras no le dejara entrar no podría decírmelo. Y entonces nada de eso habría sucedido. Así que él seguía diciendo: ‘Señora, necesito entrar’. Y yo le decía: ‘Lo siento, pero no puede entrar’”. Mientras circule en el auto de cristales tintados, Popeye tampoco habrá regresado del todo.

14.7.14

Argentina campeona

Hubo anoche unos segundos en los que Higuaín se redimió. Fue poco después de que hubiera mandado fuera la pelota que iba a colocarlo como dueño de un Mundial. De nuevo cara a cara con Neuer, al borde del área pequeña esta vez, remató de primeras con la zurda un balón que le cayó de un pase de Lavezzi. Marcó y echó a correr. Él corría y varios cientos de millones de personas aguardaban con cruel curiosidad a que se le acabara el impulso, por ver la cara que se le quedaba al ver el banderín del juez de línea. También yo, claro. Incluso me sonreí.

Se me pasó enseguida. Aunque aún era temprano, ni media hora de juego, el tipo, que aún no se había detenido, era entonces campeón del Mundo. Como lo fue cuatro años antes en Sudáfrica Robben, cuando vio el pase con el que Sneijder lo colocó a solas con Casillas. Desde entonces hasta que la pelota se desentendió de la portería después de tocar el tacón del portero. No es que estuviera a punto de ser campeón del Mundo. No: durante esos seis segundos lo fue. Como Higuaín anoche. Así que cuando se me fue la sonrisa por lo del banderín del fuera de juego, pensé: corre, Higuaín, corre; mientras no te pares el Mundial es tuyo. Mi cara es la que tenían que haber visto cuando se detuvo.

8.7.14

El balón de Di Stéfano

"Un día fuimos al cine a ver una película del Oeste, y en la entrada daban números para la rifa de un balón de fútbol; todavía recuerdo que me tocó el 14... Llegó el entreacto y se procedió al sorteo. Una niña pequeña sacaba las bolas y ¡salió el 14! Como puedes imaginar estaba loco, apenas si me fijé en el resto de la película. A la salida me dijeron que volviese por el balón tres días después; así lo hice, y cuál no sería mi asombro al percatarme de que, en lugar de la prometida pelota de fútbol, me daban una de rugby. Llorando de rabia acudí a contárselo a mis amigos. Como éramos muy pequeños no sabíamos qué hacer, pero al enterarse los mayores decidieron intervenir. En Buenos Aires —comentaba Di Stéfano—, los grandes ayudan y protegen constantemente a los más chicos; a los pocos minutos un nutrido grupo de todas las edades nos reuníamos a la entrada del cine...; salió el gerente, y mis protectores le amenazaron con apedrear e incluso incendiar el local si no cumplía lo prometido. Se asustó y me rogó volviera al día siguiente, jurando por sus muertos que me daría el balón. Volví de nuevo y me lo dio, y regresamos en triunfo jugando...".

(Di Stéfano cuenta su vida, Rafael Lorente, 1954)

4.7.14

Espejismos mundiales

Quizá el jugador que vaya a terminar más desconcertado el Mundial es el argentino Ricardo Álvarez, que no consiguió que los nigerianos le dieran una sola patada en la casi media hora que pasó en el campo. Para cuando entró en el minuto 63, Messi tenía las piernas como si las hubiera puesto a disposición de una colonia de mosquitos una tarde de verano a la orilla del mar. Argentina ganaba 2-3 y Sabella lo sacó del campo para que no le pegaran más. Para que pegaran a otro. Pero el sacrificio de un falso Messi al apetito nigeriano lo único que consiguió es adormecer el partido hasta que los jugadores se fueron, quizá sin necesidad de que el árbitro pitara el final.

Esa tarde Álvarez, que sabe de siempre que no es Messi, se fue al hotel con la certeza de que ni siquiera se le parecía un poquito. Y sin embargo, había resultado fundamental para que Messi siguiera siendo Messi. Al estar tan lejos él de serlo.

Los Mundiales mantienen relaciones paradójicas con los espejismos. De Italia 90, que debió ser de Maradona o Baggio, quedaron, sin embargo, los ojos de Totò Schillaci, un siciliano que había debutado unos meses antes en la Serie A, con 25 años, y que fue máximo goleador del torneo. Supimos tan poco de él después de aquello, que no queda sino dudar de su propia existencia: si aquellos ojos enloquecidos se le salían por los goles o después de haber corrido en pelotas delante de la policía.

Pero Schillaci, como Álvarez, sucedió en un Mundial. Como la falsa caída de Thomas Müller que era una falta ensayada contra Argelia. Un ardid para el momento más decisivo de un partido de octavos que debían haber resuelto mucho antes: minuto 88, 0-0. Müller finge caerse mientras corre hacia la pelota detenida. Inesperadamente, los argelinos ni se inmutan. De nuevo la duda ante el espejismo: imposible saber si, de tan absurdo, detectan el truco al instante o si ni siquiera lo ven caerse. De tan absurdo, en la televisión dicen que quizá ha sido una caída real.

Así se construye esa textura de sueño fugaz que tienen los Mundiales. Pasan enseguida y se queda uno pensando si todo aquello sucedió. Y durante cuatro años (que están a punto de empezar) es lo que hay: la falsa caída de Müller, Casillas con la Copa, la mirada caníbal de Schillaci, el desbordante llanto de Neymar con el himno, Álvarez corriendo hacia el campamento de los mosquitos en busca de una patada.

23.6.14

Una misión para Cesc

Desde el partido de Chile, he pensado mucho menos en el Mundial, pero si cierro los ojos, aún se me aparece, como un fogonazo brevísimo, una imagen de aquella retransmisión. Se trata de una mujer, con bandas rojas y amarillas pintadas en los carrillos y en el sombrero, que se descubre en las pantallas gigantes de Maracaná. Por entonces, España ya perdía 2-0. Es sólo un segundo, pero ella sonríe y se gira para avisar a su acompañante. A él apenas se le adivina otra sonrisa, porque mientras se vuelve, el realizador regresa a la desolación que corre por la hierba. Ellos, supongo, se habrán quedado aún un rato con la sonrisa, dudando si él también habrá aparecido en televisión, enviando mensajes a España preguntando si los han visto. Desde aquí lo normal es que los hayan mandado a la mierda.

Aquí España estaba confirmándose como la peor selección del Mundial, mientras ellos, en el estadio se interesaban por si en casa se veía lo mismo que en las pantallas gigantes. Esa sonrisa desubicada. Como si en el Maracaná que ellos habitaban el hundimiento no estuviera sucediendo. Algo como de los últimos capítulos de Lost, que es el regusto que me está dejando el Mundial en el que España ha quedado eliminada antes de empezar a jugar. Y en el que queda el partido de hoy contra Australia (precisamente una isla), cuando los jugadores ya han abandonado Brasil.

Mientras pensaba todo esto, y se me aparecía de cuando en cuando la sonrisa de aquella mujer (con la intermitencia de los coches que uno se cruza en la autopista de madrugada), sucedió lo de Cesc. En uno de los últimos entrenamientos antes del partido de hoy, formaba en el grupo de los que apuntaban a titulares con señales evidentes de no querer estar allí. A Del Bosque le enfadó su desidia y lo cambió de bando, para lo que tenía entregar su peto a Xabi Alonso. Pero cuando éste ya lo tenía agarrado, sucedió algo inquietante: Cesc se negaba a soltarlo, pese a que aquello le evitaba tener que jugar el partido y lo colocaba, de hecho, fuera de Brasil, a salvo de una ración de sufrimiento estéril.

Sin embargo, Cesc se negaba a abandonar la isla. Precisamente Cesc, que, siguiendo con Lost, es una especie de ancla que mantiene la continuidad de la línea temporal de la selección. Si mira uno hacia atrás, lo ve en todas las fotografías importantes: el penalti decisivo en dos tandas de desempate, el pase a Iniesta para el gol de la final de Sudáfrica. De modo que de repente el partido contra Australia me parece de los más importantes de la historia. En particular, que lo juegue Cesc. Lo contrario tendría seguramente efectos catastróficos. La desaparición del ancla, a la que él se resistía aferrándose al peto contra toda lógica, nos dejaría varados indefinidamente en esta angustia, incapaces de encontrar el camino a Rusia para disputar el próximo Mundial. Viendo en cada parpadeo la sonrisa de aquella mujer con la bandera de España. La destilación del mal: ahora ya puede decirse.

16.6.14

El gol


Al estribillo del estilo innegociable lo ha sustituido estos días en la concentración de España la obsesión por el gol. Por muchos goles. Y mientras sucedía ese cambio sobre un carrusel interminable de imágenes de Fernando me he topado con este fragmento de Juan Tallón en su “Manual de fútbol”:
Hemos visto las mejores mentes destruidas por el gol. (...) Nadie sabe de verdad cuál es el valor de un gol hasta que empieza a escasear, como si fuese agua seca. En cierto sentido, el gol es un individuo harto de todo, que siente la necesidad, periódicamente, de encerrarse en el baño y perder la llave. No hay pautas. Las cosas pasan y dejan de pasar sin una razón definida. No quiero decir que no la haya. A lo peor tenía razón Lukas Podolski, que en un alarde de alegre ignorancia, manifestó que “el fútbol es como el ajedrez, pero sin dados".
Y también, aún con Torres en mente, y por lo que pueda pasar el miércoles, recordé esto otro que escribí el día que, casi sin querer, rompió una asombrosa sequía de más de 1.500 minutos:
Después del leve fallo con el que rompió el encantamiento, Torres no sale corriendo en un estallido de liberación. Se queda tranquilamente a recoger la pelota, con media sonrisa, mientras se acercan sus compañeros a abrazarlo, uno a uno, como por turnos. El besamanos parecía exactamente lo que era: un partido homenaje a una gloria recién archivada en las hemerotecas.
(en la foto, de Reuters, Torres esquivando el gol contra Holanda)

15.6.14

Jaque al descubierto

Ahora empiezo a dudar si no tendrá Del Bosque algo de Pirlo. Pero eso es ahora. Antes, justo después del 1-5, subí al coche y me fui a casa escuchando los ecos del hundimiento en la radio. Cené también con la radio de fondo y luego busqué en la televisión los goles. Me recordé a mí mismo una madrugada del verano de 2002, sentado un rato largo en el coche, a la puerta de la casa de un amigo con quien había visto el España-Corea del Sur, aquel partidazo de Al Ghandour. Con la radio encendida. Como bálsamo: el relato como calmante.

Después del 1-5, Del Bosque cumplió con las tareas que le tenía previstas la FIFA, viajó de Salvador de Bahía a Curitiba y al llegar, casi de madrugada, vio de nuevo el 1-5. Luego se puso el otro partido del grupo, el Chile-Australia, y se quedó dormido.

Para cuando supe ayer de ese adormecimiento, ya había pasado casi un día completo sumergido en disonancias extrañas. El Marca les ponía incluso aroma: la portada del luto traía adosada una muestra de la colonia Invictus, de Paco Rabanne. Habíamos preparado el mundo para otra cosa, y el contraste del hundimiento con un país empapelado con publicidades de jugadores victoriosos resultaba entre brutal y desconcertante. Un amigo me contó que un buen grupo de vecinos oyó a su hijo de cinco años decir: “Lo que me ilusiona del partido de ayer es que Casillas hizo un paradón buenísimo”.

Recordaba todo esto (el 1-5, Del Bosque adormecido, el paradón de Casillas) ayer a medianoche mientras veía tumbado el Inglaterra-Italia. Al repasarlo, me iba enfadando un poco con Del Bosque. Cómo podía haberse quedado dormido mientras jugaban los dos próximos rivales. Con todos nosotros aquí flotando en el disparate de un decorado equivocado. No están las cosas para que él, precisamente él, se quede traspuesto mirando el fútbol.

Entonces Pirlo corrió hacia un balón y lo dejó pasar por debajo como si el partido no fuera con él. Con la pelota perdiéndose a su espalda, él siguió hacia el compañero que le había dado el pase, quizá para regañarle por haberle estropeado con una mala postura la obra de arte que estaba pintando en Manaos. Mientras los ingleses tomaban nota, el balón llegó a Marchisio, que marcó el primero. Jaque al descubierto de Pirlo. Un pase de gol haciéndose el dormido.

13.6.14

Ghiggia no existe


Esta evocación colectiva del Maracanazo me había parecido una sobreactuación hasta que llegaron noticias de Alcides Ghiggia, que tiene ya 87 años. Ya saben: el último jugador aún vivo de la final Brasil-Uruguay en Maracaná en 1950, precisamente el que marcó el 1-2 en el minuto 79. El inicio un trauma colosal, si se atiende a lo leído estos días, que lleva incluso a sospechar que Brasil aún puede ganar aquella Copa. En cierto modo, a efectos de exorcismo, es una fortuna que Ghiggia siga vivo. No sólo eso: Ghiggia está en Brasil.

En una refinada modalidad de tortura, la organización lo invitó al Mundial. Al llegar al aeropuerto no había coche esperándolo. Tampoco acreditaciones, ni una invitación para el partido inaugural. En el hotel, nadie sabía quién era. ¡Ghiggia! El culpable de todo aquello: este Mundial existe únicamente bajo el supuesto de que Brasil aún puede ganar aquel partido. He ahí el refinamiento: hacer viajar a Brasil al anciano para demostrarle que nunca ha existido.

Así que anoche, mientras Brasil y Croacia abrían el campeonato, imaginaba a Ghiggia vagando sin entrada por las calles de Sao Paulo, intentando asustar niños con su vieja camiseta uruguaya. Con la desesperación de los monstruos de Pixar. Pensaba en él asomándose a un bar después del rugido colectivo del penalti. Viendo una y otra vez el desplome de Fred y la carrera de Yuichi Nishimura, árbitro por otro trauma antiguo, de cuando era entrenador de un equipo de niños, sufrió una injusticia de otro, y decidió cambiar de bando. Y ya dentro del bar, justo antes del lanzamiento: “¿Vos sabés quién soy yo? Soy Ghiggia, el del gol del Maracanazo… en el 50...”. Y el gol de Neymar (2-1), que lo entierra en abrazos. Ahí Ghiggia nunca ha existido.

9.6.14

Un baño en Omaha Beach


De vez en cuando, y sin necesidad de 70 aniversario, me acuerdo del Desembarco. No por lo evidente: la guerra, los cadáveres, la libertad… Lo recuerdo por lo que para mí representa de fracaso de la palabra, y en particular, del periodismo. Del mío. Y de acicate.

Un agosto de hace unos diez años me metí con unos amigos en el mar en Omaha Beach. Cruzábamos Europa en tren y nos desviamos para tomar un autobús que hacía un recorrido por las playas y cementerios de aquellas jornadas en Normandía. Una de las paradas de aquel paseo fugaz nos depositó en lo alto de un pequeño acantilado sobre la playa. No íbamos con ese plan, pero echamos a correr cuesta abajo y nos lanzamos al Atlántico mientras el autobús, con el resto del grupo, aguardaba arriba. Las dos razones por las que recuerdo de vez en cuando el Desembarco se encuentran en aquellos minutos en el agua.

Mientras flotábamos juntos estudiando la playa, se acercó nadando un hombre con ganas de charla. Contó que venía de Australia, a dar las gracias por la libertad. Se le veía emocionado, quizá acababa de llorar, o estaba a punto de hacerlo. Se había propuesto el viaje unos años antes y ese verano lo había conseguido. Había viajado solo 15.000 kilómetros para meterse allí y en el agua. Después de contarlo, se despidió, se alejó unas brazadas y se quedó allí flotando boca arriba.

Lo dejamos allí, emitiendo de cuando en cuando un chillido de liberación, y comenzamos el regreso a la playa, una explanada inmensa de ocho kilómetros de ancho. Una llanura desnuda que va a morir a un pequeño barranco coronado todavía por un reguero de búnkeres alemanes. Me recuerdo corriendo hacia la arena con el agua por encima de la cintura convenciéndome en ese instante de que habría muerto aquel día. Abrasado de balas y morteros, o reventado en pedazos al aire por una mina. Me recuerdo repentinamente muerto de miedo bajo una mañana luminosa de agosto, chapoteando al lado de mis amigos, en un paraje desierto. Con la certeza terrible de que mi cobardía me habría hecho ahogarme incluso antes de que me alcanzara el primer disparo.

De vez en cuando, antes de escribir algo para el periódico, me acuerdo del Desembarco, sobre el que no entendí nada hasta aquella mañana. Antes de teclear, recuerdo, como una amenaza colgante, todas las palabras inútiles que durante años me han derramado encima contando aquello. Sueño una escritura que despliegue una playa, un australiano flotando, el lector chapoteando con el agua hasta el pecho. Y sacarlo de allí a la carrera, de la mano, ahogado por el mismo terror. Hacia la playa. Hacia la muerte. Inalcanzable, claro. Eso es precisamente el periodismo, la escritura: la persecución del imposible de Omaha Beach.

6.6.14

El confeti

Me he detenido a rastrear lo del Eibar, ese festejar el ascenso con los restos de una decepción. Desde las fiestas de cumpleaños en casa de Ana Mato, al confeti que cae se lo mira con la sospecha de quien se ha visto obligado a tratar con la cascada verde de Matrix. De los papelitos flotantes de esa fiesta infantil escapaba, como volutas del cigarro de un don, un aroma de Gürtel. Según el dueño de la empresa que lo organizó, Francisco Correa le pidió que esos gastos los colara en la factura de las celebraciones del ascenso del Getafe a Primera: 4.680 euros de confeti. En la casa de Pozuelo celebraron con las sobras de una alegría. Y parecía que no pagaba nadie.

Lo del Eibar en la plaza del pueblo también fue una alegría bajo el confeti de otro. Pero pagando. En la última jornada, el Barcelona tenía preparada una fiesta en el Camp Nou por si ganaba la Liga, pero el Atlético la anuló con un empate. Al Eibar le venía bien algo que se iba a echar a perder: compró el confeti que no usaron, y en los detalles de esa operación se puede medir el tamaño del disgusto por una Liga que en sus últimos estertores parecía que no quería nadie. Fueron unos 30 kilos, que a través de cualquier web del ramo podrían conseguirse por unos 300 euros. Digamos 350, por no quedarnos cortos. Si se añade además un cañón (en el vídeo de arriba, en el 1:17:57, parece que solo usan uno), serían unos 1.000 euros más, que incluso podrían rebajarse alquilando. Digamos que, como mucho, el Eibar tendría que haber pagado esos 1.350 euros por una alegría de segunda mano.

La cifra es, además, el primer dato que mide con cierta precisión la desgana del Barcelona. Viendo el vídeo de la fiesta en la que acabó el confeti, no se puede dejar de pensar en lo ridículo que habría quedado en el Camp Nou. Luce algo mejor en la plaza de Éibar. Eso es lo que parece que llevaba semanas diciendo el Barcelona: que para celebrar esa Liga, mejor que celebrara otro, aunque fuera un ascenso a Primera. Como aquel del Getafe.

23.5.14

La desaparición de Iván Helguera

No debería despreciarse la angustia de Helguera al constatar que no tenía entrada para la final de Lisboa. “Es el trato recibido después de tantos años”, se quejaba del Real Madrid, de quien esperaba la cortesía. No ha de tomarse a la ligera su ahogo, al explotar, es también su propia trampa. Con media ciudad buscando el ardid para hacerse con un boleto, una sobreactuación del tipo, eh, que yo he ganado dos Champions, resulta equivalente a la fantasía. Hasta el punto de que en algún momento de la tarde del miércoles la angustia de Helguera quizá no fue tanto por carecer de entrada, sino por sospechar que en realidad no había ganado Champions alguna.

En Madrid, el pedigrí de exfutbolista se ha usado mucho para beber gratis. Bernardo Salazar recuerda al menos dos grandes avistamientos. Una noche un parroquiano rememoraba en la barra su pasado madridista, que incluía al menos una Copa de Europa de las antiguas. Le pidió el nombre, el apodo, las fechas. Pensó un poco y se lo quedó mirando: “Tú no has jugado en el Madrid en tu vida”. El otro, claro, se revolvió, la cara de Helguera en el momento de aquel dolido “después de tantos años”. Salazar le retó a volver otro día con alguna prueba. Lo que fuera: un recorte, una fotografía, un contrato. En ese caso, pagaría una ronda. El tipo nunca regresó al bar. En otro local, otra tarde bebía uno que contaba estiradas suyas en la portería del Atlético de Madrid. “No. Eso no puede ser”. “¿Cómo que no?”, se defendió. Salazar le recitó por orden cronológico todos los porteros que habían jugado algún minuto en el equipo desde el final de la guerra civil hasta aquella misma tarde, de la que huyó el farsante perseguido por la hilera de guardametas.

No puede despreciarse la angustia de Helguera, el otro día, incapaz de conseguir una entrada, recitando de memoria las alineaciones de la final de París, de la de Glasgow, y dándose cuenta, varias horas después, de que, en efecto había desaparecido. Que nunca ganó la Champions. Ni una sola vez. Como todos los que no tenemos boleto.

9.4.14

Humo de libros ahogados

Después de lo que conté aquí hace días, he vuelto a La Central de Callao. Fue una visita extraña. De algún modo sucedió en el reverso de un sueño. Y también en la trastienda de una espera.

Escapé de una siesta en la que se quedó Irene. Mientras caminaba hacia la librería pensaba que quizá podría regresar antes de que ella se levantara, dormir de nuevo y despertar con ella. De esa forma la incursión habría sucedido y no habría sucedido al mismo tiempo. Caminaba hacia el lugar donde espero que dentro de unos días se coma sobre un cuento mío, y lo hacía convencido de que se trataba de un sueño: otro, quizá Irene, me soñaba caminando hacia una pila de libros. Me acercaba a esperar que se derrumbara y encontrar debajo los manteles con mi cuento impreso, el que empieza con un falso Paul Auster fumando al borde de una piscina.

Una vez dentro, subí las escaleras y fui a parar frente al lugar donde esperan los ejemplares de la editorial Libros del KO. En concreto delante de un libro suyo con artículos de Julio Camba titulado "Maneras de ser periodista", que según Emilio, editor del KO, pasó a ser hace meses un libro inencontrable. Un libro inexistente, pues. Por supuesto, desconfié de aquellas cuatro copias y huí hacia otra habitación del palacete. En el interior de un sueño de otro había encontrado un libro inexistente que había deseado meses antes. La huida concluyó en la zona de la poesía y pensé en Paul Celan, pese a que no había nada suyo a la vista.

Se puede decir que Paul Celan me asaltó en una habitación del palacete, en mitad de un sueño de otro. Tal vez sin razón, a mí Celan se me ha quedado como un banco de niebla posado sobre una trinchera. También como un montoncito de ceniza en el preciso instante en que lo levanta una ráfaga de viento bajo esa niebla. Y como un cadáver rescatado del mar y tendido al sol del puerto. De esto último sí conozco el origen, que no tiene nada que ver con las palabras de Celan, sino con su envoltorio. Hasta el verano pasado yo tenía un ejemplar de sus obras completas. Ochocientos poemas de Celan, tituló su crítica hace años Álvaro de la Rica. Pero se me ahogó.
Reventó una tubería que inundó con 40 centímetros de agua los trasteros del edificio. Hasta la altura de las cajas donde guardaba algunos libros, y los ochocientos poemas. Cuando se retiró la marea dejó decenas de volúmenes con aspecto de contener algas. Una colección de cadáveres literarios que pasé a fotografíar sobre una mesa de la cocina. Como un forense de la literatura. El que interviene cuando ya no queda un solo crítico para guiar el viaje a través de ochocientos poemas de un rumano muerto en 1970.

Rercordarme como forense de la literatura me dio confianza para tratar con fantasmas, y regresé al lugar que guardaba los ejemplares inexistentes de Camba. No pude acercarme. Un tipo que parecía un periodista con el que me he cruzado alguna vez hojeaba "La banda que escribía torcido", de Marc Weingarten, también de Libros del KO. No quise arriesgarme a que el falso conocido fuera en realidad un verdadero conocido. O que fuera yo también para él un falso conocido, y tener que pasar juntos las páginas de libros periodísticos mientras hablábamos del hundimiento del oficio, como quien, atrapado en el ascensor, comenta la ausencia de nevadas. Huí de nuevo.

Quizá sí era ese de Camba un libro inexistente, pensé mientras hacía tiempo. Como lo parecía también el de Paul Celan, que no vi por allí. Entonces, en la niebla baja que para mí es Celan, comencé a recordar todos los demás ahogados del verano: Luis Cernuda, Ted Conover, Camus, Cortázar, Onetti, Salinger, Martin Amis… y un libro de Djuna Barnes titulado Humo. Que no es igual que la niebla.

Fue como desfilar ante una colección de mis cadáveres ahogados. Un paseo forense, mientras aguardaba a que se despejara el camino hacia un libro fantasma. Una espera en el interior de otra: la que transito estos días que faltan hasta conocer si premian el cuento que envié al concurso del Bistró de La Central. Una espera, dentro de otra, metidas ambas en un sueño de otro. El falso conocido no se cansaba de "La banda que escribía torcido", y supe entonces que el palacete conspiraba para que pospusiera cualquier compra hasta el fin de todas las esperas. Es decir, hasta que se fallara el concurso cuyo premio son 500 euros para gastar allí. Para comprar el Camba fantasma. Y algunos de mis ahogados. El palacete me daba esperanzas.

Una librería me estaba transmitiendo que la escritura podía procurar una salvación con efectos en el mundo físico. Que aquel cuento con Paul Auster fumando al borde de una piscina podía rescatar a los ahogados. Paul Auster iba a sacar personalmente mis libros del agua. No tenía por qué comprarlos entonces, sino esperar a hacerlo con el premio.

Pese a todo, cuando el falso conocido abandonó los Libros del KO, agarré el Camba fantasma, pagué y me fui. El regreso fue desconcertante. Irene ya se había despertado, lo que significaba que, estando yo en la librería, en algún instante, había sido expulsado del sueño. Y que se había esfumado esa sugerente posibilidad de que la incursión hubiera sucedido y no hubiera sucedido al mismo tiempo. Había pasado. Auster llegará en cualquier momento con Celan, Camus, Onetti, Cortázar, Salinger, Chesterton… y el prodigio de haber extraído de la piscina Humo. De Djuna Barnes.

24.3.14

Observé que por primera vez en toda mi vida no me parecía divertido sentirme dentro de la novela de otro; en este caso dentro de un libro de Robert Walser. Si bien era poético pensar que, tal como sucedía en El paseo, se había hecho tarde y todo se estaba volviendo oscuro, en cualquier caso parecía más oportuno que eso lo viviera quien lo había escrito, o sea Walser, y no yo.
(Kassel no invita a la lógica, Enrique Vila-Matas)

21.3.14

El cocido de Heisenberg

Me acordé de Heisenberg el otro día mientras comía un cocido. No fue por los garbanzos, sino por algo que parecía haberles sucedido desde que conté que me había propuesto cocinarlos. La transformación que provoca contar. Por ahí se coló Heisenberg. Su célebre principio de incertidumbre viene a decir que, en los mundos de la microfísica, cuando uno se pone a medir algo, el sistema que utilice para hacerlo terminará por alterar la propia medida. De modo que en realidad resulta imposible medir lo que se pretendía, porque desaparece en el momento en que se fija uno en ello. Mientras lo comía, no podía pensar en el cocido como antes de contarlo.

Lo primero que sucedió después de anunciar que aquella mañana planeaba hacer un cocido y escribir un cuento fue algo de apariencia inocua: varios amigos se dieron por enterados. Por la expectación, al día siguiente confirmé que había cumplido ambos propósitos y Javi Muñoz aprovechó para terminar de convocar a Heisenberg: “Quiero leer ese cocido y comerme el cuento”, contestó. Me resultó aún más inquietante teniendo en cuenta la información de la que Javi no disponía sobre mi peripecia. Desconocía que para entonces ya había yo separado la sopa y le había añadido pasta de letras. Y que la noche anterior a su mensaje, Lucas se había detenido entre cucharada y cucharada para leer esa parte del cocido: “A, e, i, o…”.

Desconocía también casi todo sobre el cuento, pese a tener una leve implicación en él. El relato lo comencé hace ya un par de años, una tarde que vi fumando al borde de una piscina a un tipo exacto a Paul Auster. Después lo olvidé durante meses, aunque guardé los dos o tres párrafos de aquel día. De vez en cuando los recordaba vagamente. Por ejemplo, una noche en Oporto, mientras un taxista exacto a César Luis Menotti me llevaba al hotel después de entrevistar a un futbolista y me hablaba, claro, de fútbol: tácticas, promesas y traspasos. O también otra mañana, al ver una mujer exacta a Ana María Matute leyendo en la playa rodeada de castillos de arena que se iban derrumbando a su alrededor. Lo recordaba, pero no había vuelto a tocarlo.


Aún más tarde, hace unos tres meses, entré en La Central de Callao a mirar libros. No compré ninguno, pero en el bolsillo del abrigo me llevé el folleto que anunciaba la tercera convocatoria del concurso Relatos del bistró. El premio se componía de dos partes: 500 euros para gastar allí y llevarme los libros que dejé aquel día, y la impresión del texto ganador en los manteles de papel sobre los que se come en el Bistró de La Central. Eso tampoco lo sabía Javi (se estará enterando ahora), que el cuento que se quería comer había nacido con la aspiración de que el comer lo sobrevolara durante semanas.

Guardé el folleto en el abrigo precisamente por la promesa de los manteles. Hacía años que no escribía un cuento, pero pensé que merecía la pena hacerlo para aquello, para el entretenimiento de comedores solitarios. Y para colgar un mantel en la pared de casa. O para incrustarlo en la biblioteca. Las bases del concurso viajaron en el abrigo todo el invierno. Compartían bolsillo derecho con un cuaderno. En el izquierdo iba “Diez de diciembre”, los relatos de George Saunders. Cuando hacía frío resguardaba en ellos las manos. La derecha regresaba al verano, a Paul Auster fumando a solas al borde de una piscina.

A pocos días del final del plazo para escribirlo, fue desapareciendo el invierno y dejé de usar el abrigo. Entonces, después de meses de manosear el folleto sin añadir ni una palabra a los párrafos que había traído de Canarias, planeé sentarme el día previo al cierre de la convocatoria. Que era también el día que debía hacer un cocido.

Como es lógico, durante aproximadamente media hora simultaneé ambas ocupaciones. Escribía un cuento que quería encerrar a Paul Auster en un mantel mientras cocinaba los garbanzos, con su morcillo, su lacón, su tocino ibérico, su chorizo, su hueso. Y las letras para leer la sopa. Entre los ingredientes del cuento están ese Paul Auster falso que fuma al borde de la piscina, un monitor de aquagym ilusionista y “Aire de Dylan”, una novela de Vila-Matas de la que alguna vez había hablado levemente con Javi. Es decir, Javi ya estaba en el cuento antes de querer comérselo. Antes también de que yo me sentara a comer mi propio cocido y quedara paralizado por los efectos del pensamiento de Heisenberg derramado sobre los garbanzos.

Todo lo anterior, que en realidad no quiere decir nada, habría dicho algo totalmente distinto de no haber contado yo que aquella mañana planeaba hacer un cocido y escribir un cuento. Contar algo, el cocido, por ejemplo, lo transforma. Lo contado y sus alrededores. Quizá de ahí la incomodidad que impulsa a quejarse de quienes comparten en Twitter vulgaridades. Por las posibles perturbaciones de quien anuncia que va a tomarse un café. O a escribir sobre un cuento que ha escrito.

26.11.13

Marina Oswald


La otra gran viuda del asesinato de JFK fue Marina Oswald. Hace unos días, Paul Gregory, que llegó a tener una relación de cierta intimidad con el matrimonio, contaba de ella en The New York Times Magazine una especie de dolor desdoblado, entre lo televisivo y lo doméstico:
Al día siguiente, el lunes por la mañana, el Servicio Secreto intentó mantener el televisor apagado, pero Marina —de nuevo bebiendo café y encadenando cigarrillos, con lágrimas cayéndole por la cara— insistió en ver el funeral de Estado de John F. Kennedy. Durante mucho tiempo había admirado a la primera dama y pedía a su marido que le tradujera cualquier artículo de revista que encontrara sobre el presidente. Siguió viendo la retransmisión hasta que los agentes se la llevaron corriendo para que pudiera asistir al funeral de su propio marido en el cementerio Rose Hill. Esa tarde, el ministro luterano no se presentó, y el ataúd lo portaron varios periodistas.

19.11.13

Efecto túnel

He conservado hasta hoy ese periódico. He releído la historia que cuenta y estudiado aquellas fotografías incontables veces, para poder recordarlas. Pero allí en mi casucha fría, de olor rancio, atravesada por corrientes, sentado en el lado del catre cercano a la ventana, al ver la segunda foto y leer el texto que hacía que nuestros padres parecieran criminales de larga trayectoria y sin suerte y en quienes el mundo apenas prestaría atención, y pronto olvidarían (como si aquella historia fuera lo único que hubiera habido en su vida), sentí una extraña sensación en el pecho, como un dolor que no dolía.
(Canadá, Richard Ford)