22.1.10

Los peluquines comunistas



Cuando le alcanzaba ya la desaparición, a Llamazares han venido a salvarle sus pelos en la cabeza de otro, del mismo modo que a Carrillo los pelos de otro en la suya le ayudaron a colarse en España poco después de la muerte de Franco. Aunque él ha dado los pasos al revés. La peluca de Carrillo se hizo célebre después de haberle escondido de una persecución durante casi un año. Llamazares, sin embargo, empezó a buscar una persecución después de toparse con su peluquín sobre la cara de un presunto Bin Laden.

“No creo en las casualidades, y menos de los servicios secretos americanos”, dijo. Casi con delectación por la propia existencia de esos servicios secretos americanos. ¿Qué sería del aspirante a perseguido sin perseguidor? Quizá por eso pidió también enseguida una investigación para dar brillo al meollo de su gran historia: “Si los izquierdistas formamos parte de los archivos del FBI, norteamericanos o de cualquier parte”. Uno se lo imagina casi cruzando los dedos deseando que realmente exista un dossier con su nombre y algunas fotografías borrosas y de lejos, tomadas como entre ramas. Aunque no fuera en los cajones del FBI. Aunque se encontrara, ya dice él, en “cualquier parte”. Pero en la carpeta en la que caen los izquierdistas, eso sí. Asistimos a la forja de un yo inexistente en sus enfáticas críticas de la “utilización sectaria e ideológica de los servicios policiales, al calor de la guerra preventiva”. Contra un terrible enemigo, ese diputado tocado ahora con la que ya es la peluca de Bin Laden, bajo la que esconde más de lo que parece, no se crean. Si no, ¿por qué tendría el FBI que verse obligado a usar contra él “el prejuicio y el sectarismo ideológico”? Y así, aferrado a su peluquín canoso, Llamazares intenta trepar, pelo a pelo, hasta lo más alto: “Quiero las excusas del Gobierno americano y del FBI”, ha dicho. También ha escrito muchas cartas: a los espías, al embajador estadounidense en España y a la presidenta del Congreso de allí. Y avisa: “Un diputado del Parlamento español debe tener respuesta por parte de los diputados americanos”. Como si las canas, que en realidad son ya las de Bin Laden, acabasen de convertirle en eso.

Carrillo necesitó los pelos falsos para burlar los últimos restos de franquismo hasta caer detenido, con peluca incluida, en diciembre de 1976. Seguramente se trate de una peripecia más profana que la más poética de este otro comunista, que intenta esquivar al olvido bajo el peluquín de Bin Laden.

21.1.10

Bajo el semáforo, de repente

La otra noche atravesamos Madrid con Claudia ardiendo de fiebre en el asiento de atrás. Conducía veloz y quejoso. De tener que cruzar la ciudad pese a que existen dos hospitales más cerca de casa, de dos conductores torpes que nos retrasaban, de los semáforos lentos. Hasta que ya muy cerca del hospital, detenido bajo otro más en rojo, pensé en Haití. Y, bueno, eso.

8.1.10

La nieve y las historias no sucedidas

Por aquí también estuvo ayer casi todo el día nevando. Cuando empezó, conducía hacia el trabajo, pero llegué sin encontrarme nieve en ningún tramo de asfalto. Y así fue hasta la noche, cuando dejaron de caer copos. A juzgar por el asfalto, si uno no había visto nevar es como si no hubiera sucedido. Cuando salí a comer a mediodía, pensé un poco sobre los rastros y su ausencia. Sobre todo, después de ver los coches parcialmente cubiertos de nieve en el aparcamiento. Pensé también en los efectos de no contar algunas cosas: caen como copos sobre asfalto mojado y desaparecen. Y pensé en los conductores que se enteraron de la nieve al cruzarse con mi coche al final del día. Y en todas las nevadas no sucedidas, y en todas las historias no contadas, disueltas desagüe abajo.

22.12.09

Tropezar con olvidos

El sobresalto de la metamorfosis comenzó como una bobada: vi una pluma Lamy en un escaparate, la deseé inmediatamente, y casi tan inmediatamente me di cuenta de que ya tenía esa misma pluma en casa, dentro de una caja de cartón. Así que regresé en cuanto pude, abrí el armario, bajé la caja, limpié la pluma, le coloqué un cargador y empecé a escribir sobre aquel mismo olvido en un folio usado doblado por la mitad. Lo llené y me sentí bien, como si acabara de recuperar algo de mí que hubiera permanecido perdido durante el tiempo que había pasado entre que olvidé la pluma y cuando la volví a recordar.

Me inquietan estos tropiezos con olvidos propios, cada vez más frecuentes. Hace unos meses, me metí en la cama, abrí el cajón de la mesilla y saqué Soñar con la realidad, un libro de Sergio Pitol que llevaba tiempo reservando. Avancé con cierto interés unas 50 páginas y lo volví a guardar. Pero como no conseguía dormirme, encendí de nuevo la lámpara y seguí con Pitol. Unas diez páginas más adelante, cuando ganaba interés, me encontré con un párrafo subrayado por mí mismo. Sucedió que, pese a que compartía el criterio para el subrayado, no recordaba hada de aquel libro por el que al parecer ya había pasado antes. También lo abandoné aburrido poco más tarde, como la otra vez, según puede deducirse si se observan muy de cerca las separaciones entre las páginas del mazo. Me pregunté esos días si merecía la pena que siguiera leyendo, si era, como se demostraba, sólo para alimentar el olvido. Esa duda, que me tuvo un par de días inquieto, no fue nada comparada con lo que se me vino encima con el siguiente encontronazo con una desmemoria.

Caí en algo que había escrito unos dos años atrás, lo leí entero, y no conseguí recordar haberlo hecho. Ni un par de palabras, ni una idea, ni frase perdida y redonda. Nada. Pensé entonces que necesariamente yo mismo tenía que haber desaparecido. La desaparición en el olvido propio. O quizá la metamorfosis, que también implica cierto desvanecimiento, por la desmemoria. Quizá por todo eso me puse a escribir con la Lamy en cuanto llegué a casa. Como intentando desenredar la madeja del olvido, esperando encontrarme al final del hilo. Y escribiendo, escribiendo, llegué aquí (o allí): rescatado por el tropiezo con un olvido.

14.12.09

Reversos

Cuando lo de Japón, yo esperaba a que Irene se durmiera para sacar el cuaderno. A veces en un tren bala, a veces sobre un futón. Anotaba como quien atraviesa mariposas con alfileres: o se acierta o escapan flotando. Pensaba en alguno de esos ratos que estaba escribiendo en el reverso del sueño de Irene. Y pienso ahora de vez en cuando que en ese lugar extraño es donde habitan todavía ahora aquellas notas: allí se ubica mi Japón.

En realidad hacía bastante tiempo que no pensaba en nada de esto. Hasta que el otro día Ander me dijo que se alegraba de ver que no aparecía por aquí para escribir nada, porque eso seguro que significaba que me sucedían cosas buenas mejores que andar por aquí. Imaginaba (bastante bien) el reverso del silencio, roto ahora fugazmente desde el reverso de un doble sueño.

4.11.09

Mi recuerdo de idiota


Algunas muertes juegan traviesas con la memoria. Al saber lo de Ayala, me acordé en seguida del día que hablé con él, y pensé en contarlo, como todo el mundo. Pero también en seguida me di cuenta de que iba a quedar como un idiota (yo, no Ayala), y seguí pinchando enlaces por ahí. Casi en el primero asomaba esto suyo: "Yo tengo una memoria de segunda mano. Por ejemplo, usted empieza a contar, y yo me acuerdo en seguida de todo". Y más adelante, sobre cómo conoció a su mujer: "Lo recuerdo, pero ahora tengo una memoria traidora, que inventa y miente". En otro enlace, casi un epitafio: "Que me recuerde cada uno como le dé la gana". O como pueda, me digo, seguro de recordarlo ya siempre con mis ojos de idiota. Salvo que logre olvidar aquello.

3.11.09

Frase a la carrera


La frase de Derartu Tulu el domingo por la mañana en Nueva York. Tulu, etíope, 37 años, dos hijos, segunda por la izquierda en la fotografía, iba el domingo en el grupo de cabeza de la maratón de Nueva York. También marchaba en ese grupo Paula Radcliffe, récord del mundo de la distancia, tres victorias ya en Nueva York, a la derecha en la foto.

A media carrera, al cruzar el puente de Queensboro y entrar en Manhattan, Radcliffe, con tendinitis en una rodilla, lo iba pasando mal, y Tulu se giró: "Venga. Podemos hacerlo", le dijo. Tulu, dos oros olímpicos en 10.000, que tres años después de su última cesárea por primera vez sentía que podía competir bien, no le dijo "puedes". Siguieron juntas en el mismo grupo de cabeza de cuatro, hasta que hacia el final, ya en la Quinta Avenida, Radcliffe se quedó atrás. Tulu la esperó. Se quedó con ella hasta que se dio cuenta de que no iba a recuperarse. Entonces regresó a la cabeza y a unos 400 metros de la meta aceleró y se llevó la victoria.

Al terminar explicó algo: "La he batido [a Radcliffe] en cross y en la pista, pero en la maratón ni siquiera había conseguido correr con ella demasiada distancia. Siempre había esperado poder hacerlo algún día, pero en la carrera de hoy fue una pena verla sufrir y quedarse atrás. Ha sido una desilusión que no pudiera correr bien".

29.10.09

Las carcajadas de Claudia y el Madrid


Lógicamente yo pensaba que Claudia no había entendido nada del 4-0 del Alcorcón al Madrid. Así que mirábamos juntos la tele mientras yo le daba vueltas a eso que ha dicho Drenthe: después del partido no podía dormirse, y al despertarse pensó "que había sido un sueño". El dormirse como un agujero al que a veces cae la realidad. O así. En eso estaba cuando Ander llamó por teléfono y en la tele empezaron a hablar del partido. Salió J.J. Santos muy serio y Claudia se rió un poco. Siguió un rato de imágenes, y cuando J.J. Santos apareció de nuevo, Irene se dio cuenta de que Claudia volvía a reírse. Tenía toda la pinta de ser una casualidad, pero mientras seguía hablando con Ander, se repetía el fenómeno: cada vez que, serio como de funeral, aparecía J.J. Santos diciendo algo del Madrid, Claudia casi se ahogaba de carcajadas. Hasta que terminó el programa, terminé de hablar con Ander y me di cuenta de que se había quedado dormida. Como si lo hubiera entendido todo perfectamente.

27.10.09

El globo de Ric


En realidad, en la peripecia fingida del niño del globo, quizá lo que deberíamos ver es el primer gran aviso sobre el advenimiento de la propiedad estatal de la ficción. Sobre todo si la ponemos al lado de la peripecia de fingimientos del gutural Ric Costa. No hay aquí tanto de moral y decencia, como de pelea de patio de colegio. Tenemos –fíjense bien– a las fuerzas públicas peleándose con un niño de 6 años por un globo plateado, que es esa ficción que permite abandonar la realidad del suelo y sobrevolar maizales y naves de ganado en granjas apartadas. Incluso si, como hizo Falcon Heene, uno se queda escondido en un desván mientras el globo vuela vacío. Pura ficción. Para todos, se pasó cinco horas volando: lo vieron en directo por televisión.

Otra cosa es sin embargo lo de Ric Costa y su puesto en el PP valenciano. Él (y todos) dice que ha dejado de ser secretario general, todos miramos el globo durante unas cuantas semanas, y de repente se cae el globo y al estrellarse en forma de documento, queda a la vista que Ric Costa seguía escondido en el desván del partido y el globo volaba vacío. Pero no pasa nada. No va a llegar el sheriff del condado a recitarle a sus padres (Camps y Rajoy) la lista de cargos que puede mandarles una temporadita a la cárcel. Los Heene, en cambio, podrían terminar pasándose entre dos y seis años entre rejas. Urdieron lo del niño desvalido atrapado en un globo que flota a la deriva y luego es sólo un niño travieso casi brillante, para vender un reality show. Para triunfar en la tele. Pero lo hicieron en plan sociedad civil, con sus manitas, sus tijeras y los retales que tenían por casa; sin pasar antes por la preceptiva ventanilla de subvenciones y ficciones. Ahí es donde Camps y Rajoy no van a tener problema con el refulgente globo Infiniti del pequeño Ric Costa. El reality de los partidos constituye una parte medular de la parrilla de la programación estatal. Reality de prime time, vamos. De capítulo diario y breve resumen después de comer.

En cambio, los Heene lo tienen fatal. Lo intolerable no es la mentira, sino que alguien ose tomarse el globo por su mano. Porque empieza a quedar bastante claro que el monopolio del reparto de globos está en manos del Estado. Parece una bobada, pero resulta ser otro paso hacia el dominio de la realidad, esta vez a través del manejo de la ficción. O el aerostatismo.

1.10.09

Algunos periodistas hablaban de operaciones sin historia posible, sin posibilidad de reportaje. No conocí ninguna. Incluso cuando una operación estaba inmovilizada, siempre quedaba la pista. Los que decían eso eran los mismos periodistas que nos preguntaban para qué diablos hablábamos siempre con los soldados, los que decían que jamás habían oído hablar a un soldado más que de coches, de béisbol y de tías. Pero todos ellos tenían una historia, y en la guerra se veían empujados a contarla.
(Despachos de guerra, Michael Herr)

18.9.09

Yo fui a cubrir informativamente la guerra [de Vietnam] y la guerra me cubrió a mí; una vieja historia, a menos, claro está, que nunca la oyeras. Yo fui allí con la ingenua pero honrada creencia de que uno debe ser capaz de mirar cualquier cosa, honrada porque la asumí y pasé por ella, ingenua porque no sabía, tenía que enseñármelo la guerra, que eras tan responsable por todo lo que vieses como por todo lo que hicieras. Lo malo era que no siempre sabías lo que estabas viendo hasta después, quizás años después. Que gran parte de ello nunca conseguía pasar en absoluto, que sólo quedaba almacenado allí en tus ojos. Tiempo e información, rock-and-roll, la vida misma, la información no está congelada, lo estás tú.
(Despachos de guerra, Michael Herr)

11.9.09

El instante Almodóvar

De repente, ayer por la tarde creí haber comprendido completamente a Almodóvar. Como si se hubiera encendido ante mí un aleph y dentro estuviera sólo Almodóvar, pero estuviera todo Almodóvar. Un sobresalto, claro. Miraba desde la terraza cómo se ponía el sol en el mar, y se me ocurrió que quizá debería tomar una fotografía. Me gustaba tanto sentarme en la terraza y mirar cómo se ponía el sol que pensé que quizá sí era posible inmortalizar, o detener, o qué sé yo. Ahí, lógicamente, aún no había aparecido Almodóvar.

El caso es que no me levanté inmediatamente a por la cámara, sino que me quedé un rato estudiando si la cosa era para tanto. Estaba el mar levemente picado de espuma, rompiendo como de lado en la playa. Estaba la playa misma estirándose hacia Barbate, lamida por lengüetazos de arena. Estaba el sol, cayéndose entre una celosía de nubes que nacían del agua como un abanico de piedras, de tal forma que los rayos se disparaban hacia mí corriendo sobre el empedrado. Estaba todo eso y también, en la esquina inferior izquierda de la futura foto, dos diminutas figuras de pie que parecían una pareja haciéndose arrumacos. Ahí ya entró Almodóvar. Todo Almodóvar. Con aquella historia suya de que su última película había nacido de una fotografía de una playa que había tomado hacía tiempo en la que encontró un día, muy intrigado, una pareja abrazándose casi fuera ya del marco. Aseguraba Almodóvar en la entrevista en la que regalaba esta decisiva confidencia que sobre ese bulto marginal se apoyaba secretamente su última obra. Repentinamente, la foto que iba a tomar yo, y que veía tan ñoña al repasar sus elementos, me pareció que podía llegar a ser lo más decisivo de mi carrera. Mi foto ya no era sólo mi foto, sino que bullía en ella la intensidad de una filmografía; si no la historia del cine al completo. Puro Almodóvar.

Tampoco su foto olvidada era una foto olvidada: aquellos que hacían sus cosas en un extremo, descubiertos casualmente, eran el corazón secreto de una película. Y también al revés: aquella película que era sólo una película, de repente, en la promoción, escondía un secreto intimísimo (los que hacía sus cosas y de los que Almodóvar nada sabía). Así miraba yo mis dos figuras, convencido de estar descubriendo casi la poesía metafísica, al tiempo que comprendía del todo y repentinamente a Almodóvar. Y así se fueron los dos, sin haber tomado la foto, y se me pasó, también repentinamente, toda la tontería.

3.9.09

La cháchara


El verano del 81, Ryan Kelly, prometedor sociólogo y lingüista de la Universidad de Minnesota, se lo pasó llamando a las puertas de todos los granjeros del Medio Oeste para inspeccionar las puertas de sus neveras. Buscaba una tesis doctoral en los postit del estadounidense profundo y, como sucede con las tesis, también allí encontró una. Y entre sus páginas (como es natural), el abandono de la sociología, la lingüística, la sociología lingüística y cualquier forma de escritura automática. A cambio, mantuvo hasta el invierno un resbaladizo olor a maíz dulce pasado por margarina.

Aquel verano del 81, Kelly andaba buscando un asunto que investigar, llegó a su nevera, y sobre la puerta se encontró con la despedida de su novia en un papel amarillo: "No es por ti; es por mí, que no sé, aunque debería". Deformado ya suficientemente por la sociología, se olvidó al instante de la novia en fuga, y vio millones de papeles amarillos derramando destellos de poesía por las neveras del Medio Oeste. Toda una nueva manera de comunicarse determinada por los pocos centímetros cuadrados. La revolución americana del haiku, a por la que Kelly, tan prometedor como desocupado, se lanzó por carreteras de grava entre maizales y lagos. A la caza de una invisible red social que se tejía ante sus ojos.

Entró en cocinas, arrancó cientos de postit de las neveras, y concluyó que los estadounidenses del Medio Oeste eran imbéciles, como todo el mundo sabía (algo también muy de tesis). Concluyó: "Del contenido de las 3.057 muestras recogidas del 3 al 30 de junio de 1981 se colige que el 40% de lo que escrito en este medio es pura cháchara inútil. Se ha excluido de este 40% al menos otro 40% al que quizá pueda reconocérsele cierto valor sentimental, pero que muchos autores no dudarían en clasificar dentro de la misma categoría (...)". Lo que no se lee en el texto es su amargura por la tontería de sus vecinos, tan incomprensible: disponer de una herramienta óptima para el destello breve y ubicuo y terminar con neveras así... Tan como ellos, los imbéciles del Medio Oeste.

[publicado también en letrasenredadas.com]

26.8.09

La cornisa ciega



Mientras buscaban a Óscar Pérez allí arriba en el Latok II, yo pensaba que contar historias es a menudo como conducir por el carril izquierdo. Regresa uno al derecho y desde ninguna parte aparece allí un automóvil. Inexistente si se hubiera continuado por donde se iba. Invisible en el retrovisor. Eso me pareció Óscar Pérez mucho rato mientras le buscaban. Habitante del ángulo muerto mientras su historia se contaba el carril izquierdo.

Ese ángulo muerto era una repisa de la montaña a más de 6.o00 metros de altura. Después de que su compañero Álvaro Novellón lo dejara ahí con una muñeca y una pierna rotas para ir a buscar ayuda, Óscar desapareció como un fantasma en el punto ciego de su propia historia. Entre la nieve. En lo que se contaba esos días aparecían los preparativos del rescate, las fotografías en las que buscaban localizar la repisa, las peleas con el Gobierno de Pakistán por los helicópteros. Y Óscar seguía exactamente como lo había dejado Álvaro, como si su tiempo pudiera detenerse. Y ese tiempo congelado le volvía de algún modo transparente, hasta que casi desaparecía de la historia. Quizá conscientes de eso quienes iban a intentar rescatarle decían que querían volar cerca de la repisa con el helicóptero, aunque no pudiera dejarles allí. Para que Óscar supiera que le estaban buscando, decían. Un contacto con el punto ciego. Pero es complicado tocar las cosas desaparecidas en las historias y en las montañas. En realidad, hasta la repisa donde se había quedado Óscar sólo podía llegar Álvaro: era el único aclimatado a más de 6.000, el único cuya cabeza funcionaba correctamente en esas condiciones. Sucede como con las historias, que no pueden ser alcanzadas ni contadas por cualquiera. Con mal de altura, a uno sólo le queda estrellarse contra el automóvil que surge en el carril derecho. O no verlo siquiera.

También pensaba mientras buscaban a Óscar allí arriba en el Latok II en las otras muchas historias de cada día que no suceden a 6.000 metros. Y en los ángulos muertos de esas historias. Fantasmales si nieve ni nada.

13.8.09

Enredado


Miraba el otro día letrasenredadas.com, el homenaje de sus amigos a Pedro de Miguel, a quien sólo vi un par de veces de refilón, y de repente me di cuenta de que casi todos aquellos eran los que yo leía casi siempre en sus respectivos sitios. También me di cuenta algo menos de repente (quizá ya cuando dejé de mirar el sitio) de por qué los leía siempre, por qué ésos precisamente: me sentía cosido a ellos con una especie de hilo invisible, tan invisible o escurridizo como que sólo lo había visto un par de veces de refilón. No me había enterado hasta entonces, pero el asunto parecía tremendamente cierto. Sin embargo, me decidí intentar olvidarlo enseguida: me pareció muy raro tratándose de un tipo tan célebre por un hilo rojo.

26.7.09

Mire: el periodismo es una profesión. Yo mismo no era un buen periodista de investigación los primeros años. Lo único que hacía era intentar explicar al lector el quién, el qué, el cuándo y el dónde de una noticia, y quizá a veces el cómo. Pero tuve que patearme las calles durante cuatro años para conseguir mis primeras fuentes y, sobre todo, para entender los asuntos a los que me dedicaba y ser así capaz de explicar a los lectores el porqué de las noticias. Por qué hay una guerra entre bandas de distribución de droga. Por qué aumenta la violencia en Baltimore y la policía no puede hacer nada. Por qué mueren cada vez más policías. El porqué es lo que convierte al periodismo en un juego de adultos, y la única manera de explicar el porqué es mediante periodistas absoluta y enteramente comprometidos con la cobertura de un asunto determinado o una institución. Y para tener ese tipo de periodistas en plantilla, los periódicos tienen que pagarles lo suficiente. Por eso no tengo absolutamente ninguna fe en eso que se llama periodismo ciudadano, o lo que hacen la mayoría de los bloggers. Lo que hacen ellos es comentar las noticias, y a veces lo hacen de manera original, tanto que a veces lo que escriben puede ser interesante. Pero eso es comentar, y comentar no es hacer periodismo. El periodismo no es un hobby, es una profesión.
(David Simon, creador de The Wire y ex reportero, entrevistado en entrevista a David Simon en EPS)

25.7.09

La compañía del viaje

Me gusta leer a quienes cuentan viajes. Sobre todo si están haciéndolo sobre la marcha. Cuando leo una entrega pienso que la del día siguiente no existe aún ni para mí ni para el viajero. De algún modo siento que vamos juntos, que le acompaño. Especialmente si el viaje me da envidia, como aquella Vespaña de Ander, o este interraíl con zapatillas de Marc Roig. Leía –pensaba– para acompañarles. Pero luego terminaron sus viajes y fui yo quien se sintió un poco más solo.

15.7.09

Sadam, el ilusionista


Como todo el mundo sabe, el verdadero y definitivo final de Sadam Huseín sólo podría suceder una vez desaparecidos sus dobles. Los cabos sueltos. Pero ya está: el FBI ha publicado los documentos secretos de las “entrevistas” que le hicieron después de encontrarlo en aquel agujero de una granja, con un ejemplar de Crimen y castigo. Y los documentos dicen que Sadam dijo que nunca utilizó dobles. Así desaparecen todos los Sadam.

El prodigio se debe al agente George Piro, uno de los pocos del FBI que habla árabe. Por eso le tocó hablar con Sadam, en lo que los documentos llaman una serie de “entrevistas” y “conversaciones informales”. Le preguntó por los dobles, y Sadam se rió: “Eso son trucos de películas, no la realidad”. Además, quiso explicarle, es muy difícil hacerse pasar por otro. También le preguntó si lo había hecho algún otro miembro del Gobierno iraquí, como su hijo Uday. También lo negó: “No creo que mis hijos hicieran eso”, le dijo Sadam, que luego incluso se adornó añadiendo que, en cualquier caso, él nunca había visto doble alguno de sus hijos. Todo esto revelado por el FBI, en efecto, parece el fin definitivo de Sadam, y de todos los cabos sueltos. Trabajo cumplido. O todo lo contrario.

Repasa uno las respuestas, y entre las palabras lo que asoma es un experto ilusionista. Dice: un truco de película, algo muy difícil, lo nunca visto. Casi hasta suena un redoble. Telones de terciopelo morado y un cañón de luz que lo atrapa en el escenario. Un ilusionista, sin duda. Concienzudo como un escapista que juega en el límite, si uno se fija en alguna de las otras cosas que dice en las “entrevistas”: desde 1990 hasta el momento que lo encontraron en el agujero en diciembre de 2003 sólo habló dos veces por teléfono. Piénsese ahora en el decisivo papel del olvido que permitiría a cada doble hablar con la voz que le diera la gana ya que lo hacía cara a cara. Un ilusionista. Hasta en esas conversaciones del final con el agente Piro. Negándolo todo, mientras le recitaba un poema que había escrito. Quizá no ha desaparecido del todo Sadam, por mucho papel secreto del FBI que se airee.

3.7.09

Claudia

La he visto pelear con algo de otro mundo. Fue justo al principio. Yo la miraba dormir, y ella soñaba: arrugaba la cara, encogía las piernas, braceaba. Quien no ha estado antes en este mundo sólo puede soñar con cosas de otro. Y contra eso peleaba Claudia nada más llegar.

Se batía armada con un par de manoplas blancas. Aunque no se las habíamos llevado pensando en sueños imposibles, sino para protegerla de sus uñas. Mantenía una mano defendiendo la cara, y con la otra repartía golpes por encima de la cabeza. Manoplas de algodón contra pesadillas de otro mundo.

Ella peleaba y yo pensaba –ya entonces, justo al principio– que no podía ayudarla. ¿Qué sabía yo de cualquier otro mundo? Sabía que a éste llegaría con uñas largas y que para eso le irían bien las manoplas. Nada más. Por eso las tenía calzadas.

Ella peleaba y yo pensaba –ya entonces, justo al principio– en otras peleas de luego, con otros sueños y fuera de ellos. ¿Qué sabré yo de esos mundos entonces? Puede que no sepa nada distinto de las manoplas, pero el algodón al menos evita que uno se haga más daño mientras lucha. Quizá sea imposible saber más, hacer más; del mismo modo que lo es ayudar con sueños de otro mundo.

Aunque supongo que en realidad no hace falta. La he visto pelear contra algo de otro mundo con armas de éste. Y venció. Seguro que también lo hará más adelante al revés.

16.6.09

Literatura embotellada



Waclaw Sobczak, polaco, 86 años, tiene en las manos su propio mensaje en una botella enviado desde la muerte, que es desde donde se envían todos los mensajes embotellados. A veces la muerte es una isla que nadie va a encontrar nunca; a veces el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau.

Tiene también en las manos la mirilla inalcanzable de cualquier escritor, por la que ver sus palabras al otro lado de su propia muerte. Recuerda lo que buscaban cuando su compañero Bronislaw Jankowiak escribió a lápiz siete nombres el 9 de septiembre de 1944:
“Queríamos que quedara algo de nosotros”. Palabras contra el tiempo. Un inventario (número de identificación, nombre, lugar de nacimiento), una letanía, versos sueltos. Escribir para no desaparecer.

Sabía lo que querían entonces, cuando estaban muertos (“nos podían matar en cualquier momento y sin ningún motivo; creíamos que nunca sobreviviríamos a ese infierno”), y ha visto ahora, con su propio mensaje en las manos, cómo ha funcionado su artefacto literario.

Lo ha visto él, que sabía, y también el único francés entre los seis polacos de la lista, que nada sabía. A Albert Veissid, 84 años, el mensaje de la botella recién encontrado en un muro de hormigón cercano al campo de Auschwitz-Birkenau le llegó como llegan los mensajes embotellados: con la sorpresa de lo imposible. Y también como llega la literatura certera: con la potencia de abrir todo un mundo.

Veissid no sabía que su nombre figurara en ninguna lista escondida. Desconocía que existiera un papel que pudiera hablarle como lo ha hecho este escuálido inventario. Ahí le ha reaparecido completa la historia de cuando él, judío francés, se arriesgaba a esconderle mermelada robada a seis católicos polacos en un campo nazi; a veces a cambio de algo de sopa que a ellos les sobraba. “Supongo que lo hicieron como reconocimiento a que arriesgaba mi vida”, dice Veissid.

Eso también lo ha visto Sobczak en su propio mensaje en una botella, el imposible que sostiene en las manos, lo que ha quedado de ellos después de aquella muerte.

[gracias a Ander, que me envió la historia]
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