Me inquietan estos tropiezos con olvidos propios, cada vez más frecuentes. Hace unos meses, me metí en la cama, abrí el cajón de la mesilla y saqué Soñar con la realidad, un libro de Sergio Pitol que llevaba tiempo reservando. Avancé con cierto interés unas 50 páginas y lo volví a guardar. Pero como no conseguía dormirme, encendí de nuevo la lámpara y seguí con Pitol. Unas diez páginas más adelante, cuando ganaba interés, me encontré con un párrafo subrayado por mí mismo. Sucedió que, pese a que compartía el criterio para el subrayado, no recordaba hada de aquel libro por el que al parecer ya había pasado antes. También lo abandoné aburrido poco más tarde, como la otra vez, según puede deducirse si se observan muy de cerca las separaciones entre las páginas del mazo. Me pregunté esos días si merecía la pena que siguiera leyendo, si era, como se demostraba, sólo para alimentar el olvido. Esa duda, que me tuvo un par de días inquieto, no fue nada comparada con lo que se me vino encima con el siguiente encontronazo con una desmemoria.
Caí en algo que había escrito unos dos años atrás, lo leí entero, y no conseguí recordar haberlo hecho. Ni un par de palabras, ni una idea, ni frase perdida y redonda. Nada. Pensé entonces que necesariamente yo mismo tenía que haber desaparecido. La desaparición en el olvido propio. O quizá la metamorfosis, que también implica cierto desvanecimiento, por la desmemoria. Quizá por todo eso me puse a escribir con la Lamy en cuanto llegué a casa. Como intentando desenredar la madeja del olvido, esperando encontrarme al final del hilo. Y escribiendo, escribiendo, llegué aquí (o allí): rescatado por el tropiezo con un olvido.













