Hoy no tocaba hablar del verano
Hace 12 horas
Pocos días después de mi llegada a Suiza, en Granges, como refugiado, padecí el primer gran dolor del desarraigo: Yugoslavia jugaba en Belgrado contra Inglaterra, y yo no estaba allí. En el equipo de Yugoslavia jugaba Milos Milutinovic, un jugador soberbiamente dotado, un pura sangre de nacimiento. Yo le había visto despuntar, y había asistido a la disputa que había enfrentado a nuestros dos grandes clubes a causa de él. Él anhelaba jugar en el Estrella Roja, pero el Partizán, como era el club del ejército, se llevó el gato al agua.
Él jugaba, y yo estaba en Granges, ciudad de lengua alemana. Yo conocía apenas diez palabras en alemán. Había allí una sirvienta que sabía desenvolverse en inglés y que se compadeció de aquel muchacho completamente solo, en aquel hotel, desamparado, esperando lo que su suerte pudiera depararle. Ella me tradujo la columnilla consagrada al partido Yugoslavia-Inglaterra. Yugoslavia había ganado por 4 a 0 y Milos Milutinovic había hecho un partido memorable. Yo estaba entusiasmado y exasperado.
El grupo de mis amigos, de las personas que conocía, con las que había vivido, ya no estaba allí. Fue entonces, al caminar por las calles de Granges, durante el crepúsculo de aquel día, cuando tuve la sensación de que jamás regresaría a mi casa.
Y es que el amo, como todos los hombres desconfiados, aun sin saberlo, teme más a las palabras que a las cosas.
El libre directo de Gazza contra el Arsenal, en una semifinal de Copa disputada en Wembley, fue simplemente asombroso: uno de los goles más sencillamente magistrales que he visto en la vida..., si bien sigo deseando de todo corazón no haberlo visto: ojalá no lo hubiese marcado. A decir verdad, durante todo el mes que precedió al partido casi llegué a rezar para que Gascoigne no jugase, y así se subraya la especificidad del fútbol en el mundo del espectáculo: ¿quién pagaría una entrada de las más caras para ir al teatro, con la esperanza de que la estrella estuviera indispuesta ese día?(Fiebre en las gradas, Nick Hornby)
Cuando el funcionario Yuki Kawauchi llegó el lunes 28 de febrero al instituto de Kasukabe (50 kilómetros al norte de Tokio) donde trabaja como administrativo, sus compañeros le recibieron con aplausos. Y los alumnos estaban muy contentos. Y había un grupo de periodistas esperándolo. Y él estaba muy cansado: «Había dormido muy poco», dice. (seguir leyendo en ABC)
El domingo pasado, cuando a las siete le sonó el despertador en Rotterdam, Alessandra Aguilar, 32 años, no sabía que esa mañana iba a intentar batir el récord de España de maratón. Tampoco cuatro horas después, cuando echó a correr. Ni durante más de la mitad de la carrera. «Yo no quería arriesgar —dice Aguilar—; es una prueba larga y quería salir con tranquilidad». Pero Marc Roig, 27 años, su liebre principal contratada para el día, tenía otra idea. (leer todo en ABC)
Una vez conduje una furgoneta de reparto de periódicos. Me gustaba mucho, sobre todo durante las finales de béisbol, cuando el periódico de Quincy llevaba los marcadores y toda la cobertura. Nadie tenía radios, o televisión. Eso no significa que la ciudad se alumbrara con velas, pero solían esperar por las noticias. Me hacía sentir muy bien ser el que entregaba buenas noticias.(John Cheever, entrevistado en Paris Review en el número de otoño de 1976)
Mis padres hablaban entre sí alemán cuando querían que no les entendiera. Con nosotros, los niños, y con todos los familiares y amigos hablaban español. Esta era la lengua habitual, un español arcaico, desde luego, que más tarde seguí oyendo y nunca he olvidado. Las muchachas campesinas de casa solo hablaban búlgaro, y sin duda yo lo aprendí principalmente con ellas. Pero como nunca fui a una escuela búlgara y abandoné Rustschuk a los seis años, muy pronto lo olvidé por completo. Todos los hechos de esos primeros años se producían en español o en búlgaro. Más tarde se me tradujeron en gran parte al alemán. Solo sucesos especialmente dramáticos como un asesinato o un crimen, y los terrores más extremos se me han quedado grabados textualmente en español, muy precisos e indelebles. Todo lo demás, es decir, la mayor parte, y especialmente todo lo búlgaro, como los cuentos, lo llevo en la cabeza en alemán. (...) Los hechos de aquellos años están presentes en mí con toda su fuerza y frescura, me he alimentado de ellos más de sesenta años, aunque en su gran mayoría están vinculados a palabras que no no conocía entonces.
