Mostrando entradas con la etiqueta viaje Japón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta viaje Japón. Mostrar todas las entradas

12.11.08

Anotaciones japonesas (12)

Conocimos el traductor de D.H. Lawrence al japonés comiendo brochetas de pollo (yakitori) en la barra de un bar de Kioto. Al principio, cuando no sabíamos que era el traductor de D.H. Lawrence al japonés, él parecía mucho más sorprendido de vernos en una barra de un bar en Japón. Su sorpresa casi era susto.

–¿Cómo habéis encontrado este sitio? Tenéis mucha suerte –dijo, e hizo una pausa para tomar un bocado de pollo–. Tenéis suerte de haber encontrado este sitio. Buena comida a precios muy razonables. Mucha suerte. ¿Cómo lo habéis encontrado?
–Lo vimos en una guía –le dije, pero su asombro no le dejaba oír bien.

El cocinero, que seguramente había visto ya llegar antes a otros muchos como nosotros, y sabía perfectamente cómo había sido, sonreía en silencio. Manejaba una pequeña parrilla de leña detrás de la barra en la que cabían dos hileras de ocho o nueve brochetas. Les iba dando la vuelta a gran velocidad mientras escuchaba el asombro de aquel hombre calvo y algo bronceado, del que entonces no sabíamos nada.

–Tenéis mucha suerte –insistió.
–Ya. La verdad es que están muy bueno todo –a punto de terminar lo primero que habíamos pedido, estábamos ya dándolo vueltas a qué más íbamos a probar.
–No es fácil encontrar sitios como éste en Kioto.

Entonces, el cocinero, sin dejar de girar los palillos de las brochetas, le confirmó que el local aparecía mencionado en una guía, y nuestro compañero de barra se quedó más tranquilo. Como si acabara de estallarse el globo del enigma.

A partir de entonces, dejó de mirarnos como si tuviéramos antenas naranjas saliendo de la frente. Éramos como cualquier cliente de siempre de los de aquella barra. Aunque recién llegados. Quizá por eso se esforzó en explicarnos algunas cosas. Como el gusto de los japoneses por lo diminuto, algo en lo que insistió bastante. O que aprenden el idioma con el lado derecho del cerebro, como sucede también con la música en cualquier parte del mundo, y que ése es el único modo de no sufrir problemas con los caracteres kanji.

Ya en confianza, nos recomendó que dejáramos de beber cerveza o agua y que nos pasáramos al shochu, una especie de brandy de sake. Entonces fue cuando llegamos a la fase de contarnos que hacíamos cada uno cuando no estábamos en aquella barra con las brochetas de pollo.

–Traduzco del inglés.
–¿Qué tipo de libros traduce?
–A D.H. Lawrence. El del amante de lady Chatterley. Pero no esa novela. He traducio los ensayos, y ahora estoy con las cartas.

Se agachó y levantó una bolsa de papel que había apoyado a sus pies bajo la barra. Metió la mano y sacó un taco de unos 250 folios entreverado de marcadores de colores. "Esto es en lo que estoy trabajando. Ya casi lo tengo terminado", dijo, y rápidamente devolvió la bolsa a su refugio en el suelo. Podía haber sido esa traducción o el manual de instrucciones de un frigorífico. Casi ni lo vimos. Pero allí se terminó la historia.

Charlamos un rato de nada hasta que se agotó esa nada. Pagamos la cuenta, nos intercambiamos direcciones electrónicas y dijimos adiós. Cuando ya caminábamos hacia la puerta, recuperó el aire inicial de atrapado en el interior de un enigma, y se despidió: "Habéis tenido mucha suerte de encontrar este sitio".

[Todas las anotaciones japonesas] [Fotos del viaje a Japón]

30.9.08

Anotaciones japonesas (11)

Kioto reúne 1.600 templos budistas, 400 santuarios sintoístas y 200 de las 1.000 geishas que todavía quedan en Japón. Se cuenta que en 1920 podían contarse unas 80.000 en todo el país. Aunque no es la ciudad en la que más quedan, Kioto resulta un excelente lugar para observar una de las primeras especies en peligro de extinción por la aparición del cazador digital.

El barrio más recomendado para los avistamientos es el de Gion, un entramado de estrechas calles peatonales, diminutas casas de madera y faroles de papel. Por una de esas callejuelas cuajadas de casas de té y restaurantes paseábamos la primera tarde, cuando se nos cruzó una familia de alemanes que corría hacia nuestras espaldas. Con los saltos de la prisa, las cámaras que cargaban colgadas al cuello les golpeaban los costados. A veces, incluso la espalda, cuando se volvían para comprobar si la familia corría realmente unida.

Cuando el primero –el adolescente imberbe y de complexión descuajeringada– alcanzó el cruce, se detuvo y le gritó al resto algo en alemán terminado en "geisha". Detrás de él se deslizó y desapareció un taxi negro que transportaba una. O quizá dos.

Dicen los expertos que al caer la tarde las geishas –personas de las artes– van abandonando el barrio de Gion para dirigirse a sus citas. Veladas en la que su trabajo consiste en entretener a los clientes: recitan versos, bailan, cantan, tocan instrumentos musicales o dan palique con cierta elegancia.

Así que ésa es buena hora para pararse en un cruce, donde los taxis tienen que reducir la velocidad, lo que permite mirar dentro. Como hacían los alemanes, con quienes volvimos a cruzarnos poco después, también al trote. Esa vez sí llegaron a tiempo de apoyar las cámaras sobre el cristal tras el que se sentaban dos geishas recién cubiertas de blanco.

Los de aquella familia no eran los únicos. Se oían carreras por todo el barrio. Cuando se cansaban, se conformaban con las maikos, las aprendices, que atravesaban las callejuelas avanzando con pasos diminutos y traqueteo de suelas de madera.

Aunque los expertos tampoco menosprecian estos avistamientos. Al poco de publicar las fotos de una maiko a la que se le cayó el bolso del susto de vernos, aparecieron varios coleccionistas que las comentaron y se las guardaron. Uno incluso me aseguró que la aprendiz que perdió el bolso se llama Takamari, y que aquella tarde iba acompañada de Takahina.

[Todas las anotaciones japonesas] [Fotos del viaje a Japón]

29.9.08

Anotaciones japonesas (10)

En Kioto, los ryokanes se agrupan del mismo modo que las pensiones en Madrid. Aunque se arrastre equipaje, se puede llegar a decenas de ellos caminando desde la estación. Además del modelo de manada que forman, tienen algunas similitudes más: suelen ser negocios familiares y resultan más baratos que un hotel. Pero todo esto, a la japonesa.

Quiero decir que para obtener un ryokan, a la pensión hay que restarle los desconchones, los pasillos ciegos, las láminas grasientas de cacerías, el papel de pared. También se deben quitar las camas, porque en un ryokan se duerme en futones extendidos sobre un suelo de tatami.

Eliminado todo eso y los zapatos (que hay que dejar a la entrada), aún queda la dueña, el elemento más intercambiable entre pensión y ryokan. A la propietaria del nuestro, la conocimos después de apretar el timbre del botones sobre el mostrador. Bajita, sesentona y con gafas, salió resuelta, nos mandó sentarnos en unas sillas colocadas alrededor de una mesita y regresó a la trastienda.

Cuando me encontraba a medio camino de la máquina de bebidas, reapareció con un enorme cuaderno donde anotaba las reservas y me mandó a sentarme de nuevo.

–Necesito un poco de agua –le digo con fastidio.
–Ya beberás cuando llegues a la habitación. Allí tienes agua fresca. Y es gratis. ¿A qué nombre estaba la reserva?

Desde las sillas, con creciente inquietud, la veíamos recorrer una de las páginas del cuaderno sobre el mostrador.

–¿Cómo hiciste la reserva? –me pregunta.
–Llamé por teléfono desde España hace unos diez días –le digo mientras me acerco al mostrador.
–¿Seguro que llamaste a este ryokan, al Kyoraku? –dice después de buscar otro rato en la página.
–Sí, sí, seguro.
–Bueno, siéntate –me ordena, y vuelve a desaparecer en la trastienda.

Vuelve a desaparecer con el enorme cuaderno y nos deja preguntándonos se tendríamos dónde dormir durante un fin de semana de puente que había dejado Kioto sin camas. Cuando regresó, le expliqué cuántas noches le había pedido y en qué condiciones nos habíamos puesto de acuerdo. Miró otro poco y encontró un par de palabras que era cómo había viajado mi nombre después de un deletreo en inglés, ALBAREC BABID. Me acerqué a confirmarle que eso debía de ser y me envió de vuelta a la silla con una hoja para rellenar los datos reales mientras ella desaparecía con los pasaportes.

Cumplidos los trámites, nos permitió levantarnos de las sillas y nos llevó hasta el ascensor, que olía como huelen las casas de las amigas de las abuelas. O como las pensiones. En el trayecto a la habitación, empezó a explicarnos las reglas de la casa, empezando por que cerraba a las once de la noche. Al llegar, siguió con los interruptores, la temperatura de los grifos. El aire acondicionado Cada vez que se nos iba la mirada hacia una zona de la que no estaba hablando, se detenía, carraspeaba, y comenzaba otra vez.

Sobre el aire acondicionado, sólo el manejo de la temperatura y el modo de apagarlo al dejar la habitación. "Lo demás no se toca", dijo muy seria, y siguió con las toallas y los yukatas. Hasta que pensó que habíamos aprendido bien las reglas de su casa. Entonces, ya fuera de la habitación, con el pomo en la mano, insistió: "Al salir, hay que apagar el aire acondicionado, eh".

[Todas las anotaciones japonesas] [Fotos del viaje a Japón]

24.9.08

Anotaciones japonesas (9)

Las taquillas son un invento maravilloso. Salvo cuando están todas llenas. Entonces uno se ve arrastrando kilos de equipaje y desesperación arriba y abajo en la estación de Odawara, por ejemplo. Y a veces no compite sólo contra su propia suerte. Aquella mañana también buscaban hueco tres chicas latinoamericanas (lo que permitía que entendiéramos sus tácticas, y ellas las nuestras).

Cuando se divisaba un grupo de taquillas al fondo, se organizaban para que una corriera mientras las otras dos se quedaban con los bultos. Las primeras veces nos apresuramos también detrás. Pero nada. Hasta que decidimos dejarlas marchar para tomar la dirección contraria.

Por allí lo que había era un pasillo estrecho que doblaba hacia la izquierda. Y de esa esquina apareció de repente una señora bajita de unos 50 nada partidaria de los preliminares.

–¿Taquillas grandes? –preguntó en inglés.
–Sí.
–Por aquí. Conmigo.

Después de girar a la izquierda se metió con nosotros en un ascensor, donde empezó a contarnos que hacía unos años había estado en España y, en español, recordó su ruta: Madrid, Ávila, Toledo, el museo del Prado... Ahí se dio vuelta el viaje: era nuestro país el que se acababa de convertir en un itinerario.

Para volver a darle la vuelta y seguir siendo los turistas de vacaciones, le contamos que íbamos de Tokio a Kioto, pero que nos habíamos desviado para pasar el día y dormir en Hakone, en las faldas del monte Fuji. Por lo que habíamos leído, Odawara era la última estación antes de llegar allí en la que podíamos dejar parte del equipaje, para seguir sólo con un par de mochilas pequeñas. Entonces llegamos a una pared con otro grupo de taquillas y la mujer desapareció.

Dejamos las maletas, nos colgamos las mochilas y preguntamos por la oficina de turismo, que es donde se compra el Hakone Free Pass, un bono para moverse por la zona en una colección inigualable de transportes: tren, autobús, tren cremallera, funicular, barco pirata. Al entrar, detrás del mostrador, reapareció la señora bajita, que se puso muy contenta y empezó a ofrecer ayuda en español, aunque con cara de no habernos visto nunca antes.

Además de señalarnos en un mapa dónde se encontraba nuestro albergue, nos dijo que se alegraba mucho de que España hubiera ganado la Eurocopa, y aseguró que en Japón todos iban con nosotros. Entonces se quedó unos segundos pensativa y, mientras cerraba los ojos, confesó una debilidad: "Pero a mí quien me gusta es Nadal, mmmm...".

Cuando volvió a abrir los ojos, fue como si hubiera regresado de un trance. Miró de nuevo el mapa: "Tenéis que tomar el autobús 4, que sale dentro de... –miró su reloj– ¡dos minutos! ¡Necesitáis que correr! ¡Rápido! ¡Por allí!". Y por allí corrimos hasta alcanzar el andén con el autobús 4, sin saber qué haríamos una vez a bordo.

El viaje fue como un trabalenguas. Los nombre de todas las paradas eran prácticamente iguales y dudábamos cada vez que nos deteníamos. En la parada que vimos que se parecía más a lo que llevábamos escrito, nos bajamos y nos quedamos en la acera sin saber hacia dónde caminar. El conductor, que no había cerrado aún la puerta, nos preguntó adónde íbamos y nos mandó volver a subir. Entre risas de fondo y manos que cubrían bocas, regresamos a nuestros asientos hasta que, un poco más allá, nos señalaron un cartel con el nombre del albergue, donde nos estaban esperando.

[Todas las anotaciones japonesas] [Fotos del viaje a Japón]

17.9.08

Anotaciones japonesas (8)


Hay cosas que uno olvida hasta que las recuerda en otros. Como el calor en el que flotábamos todo el tiempo. Estaba allí siempre, pero casi no aparece en estas anotaciones. Aunque pesaba como una sauna hermética y en cualquier esquina se veía un japonés detenido espantándose el sudor con una toalla. Quizá también los peces olvidan que viven mojados.

Pero al abrir el cuaderno para ver qué había quedado en él de Kamakura, al sur de Tokio, me he encontrado con la novia de kimono blanco que trepaba desmayada por las escaleras para alcanzar el templo. Con ella subía otra mujer dedicada únicamente a sostenerla. Lo leo, las veo, y recuerdo su cara exprimida y sus pasos tambaleantes sobre suelas de madera. Y también el calor evaporado que nos envolvía. Como si de repente, en el cuaderno, mirara la pecera desde el exterior.

Y dentro de ella subían los novios la escalinata hasta alcanzar un buda. Allí les esperaba un tipo con sotana y gorro negro que empuñaba algo así como una fregona terminada en tiras de papel blanco. Los novios y los invitados que lograron terminar la ascensión formaron en hileras ante el buda, y el hombre agitó la fregona varias veces sobre sus cabezas. Entonces todos dieron tres palmadas, se inclinaron, repitieron las tres palmadas, volvieron a inclinarse y la mujer-báculo se acercó de nuevo a la novia para ayudarla en el regreso.

Mientras bajaban, nos acercamos a un grupo de invitados veinteañeros. Pero casi no hablaban inglés (ni nosotros japonés), y no conseguimos entender nada de lo que acabábamos de ver. Como tampoco conseguimos prever que el derretirse de la novia era presagio del nuestro.

Nos lanzamos a coleccionar algunos de los más de 60 templos zen que pueden verse en Kamakura. Pero esta vez con cierto método. En uno de ellos, compramos un cuaderno de los que pliegan sus páginas como en acordeón. En cada parada había un calígrafo que escribía con pincel el nombre del templo, el del buda allí alojado y la fecha.

Así seguimos un rato, hasta que, además del desmayo de la sauna permanente empezó a amenazarnos el del hambre. Caminamos y caminamos por una carretera estrecha mientras se nos terminaba el agua. En un sentido y en el contrario. No éramos capaces de encontrar ningún lugar. Hasta que vimos la pequeña puerta de un minúsculo restaurante regentado por dos ancianos con los que nos entendimos muy poco mejor que con los invitados de la boda. Pero la sopa de miso y el sushi terminaron con la tortura.

Pese a todo, al salir nos encaminamos a un santuario más. Quizá sólo por rellenar otra página de la libreta de templos. O por contemplar al calígrafo. Resulta fascinante mirar mientras empapa el pincel de tinta y apoya ese antebrazo sobre el otro para elevarlo a unos centímetros del papel, desde donde dibuja los trazos de los caracteres kanji. Una caligrafía que constituye una industria por sí misma.

Al terminar, nos devolvió el cuaderno e intentó explicarnos algo. Como vio que no llegábamos a ninguna parte, agarró un pedazo de papel, señaló a Irene y, mientras metía el pincel en la tinta, dijo: "Para ella. Gratis". Nos explicó que el carácter del centro de la hoja significa "sueño". "Un regalo", dijo.

Por lo demás, Kamakura guarda una gigantesca representación de la envidia, un buda de bronce de 11,4 metros de alto y 850 toneladas. Se construyó en 1252, después de una visita de Yoritomo a Nara en la que vio el mayor buda de Japón. El de Kamakura sigue siendo el segundo en tamaño. Pero asegura que "artísticamente" es superior.

[Todas las anotaciones japonesas] [Fotos del viaje a Japón]

12.9.08

Anotaciones japonesas (7)

Después de un largo día saltando de tren en tren, para la cena decidimos emprender la búsqueda del sushi más fresco de Tokio. Pero en contra de toda lógica marinera, aquí el rumbo correcto no es el que conduce a la bahía, sino el que lleva a los alrededores de Tsukiji, el mayor mercado de pescado del mundo.

Sin embargo, en plena noche, al salir del metro ni se veía el mercado ni nada, a pesar de que eran poco más de las ocho. Seguimos de memoria la ruta que nos habíamos trazado hacia el Zanmai, un lugar que presumía de cumplir ese requisito de la frescura y en el que se podían tomar a buen precio al menos cuatro tipos de atún.

La imagen del sitio que me había inventado empezó a resquebrajarse cuando nos abordó un tipo en un semáforo, nos entregó un folleto del Zanmai y luego nos acompañó hasta la puerta de un local de tres pisos con mobiliario de franquicia.

Al entrar, los cuatro cocineros de la barra y los camareros que pululaban por esa planta se largaron a gritar ¡Bienvenidos! Pero no a la vez, sino en un grito escalonado que alargó la palabra como si tuviera 20 sílabas. La imagen inventada se esfumó, pero aguantamos sin darnos la vuelta y pedimos dos banquetas en la barra.

–Hola. ¿De dónde sois? –nos sorprende en español el cocinero de nuestra zona.
–De España. ¿Y tú?
–Yo soy de Japón, de cerca de Osaka.
–Pero hablas español. ¿Dónde aprendiste?
–Viví algunos años en Latinoamérica –nos explicó: nos es nada fácil encontrar gente que hable español en Japón, y nuestro cocinero lo hacía perfectamente–. ¿Qué vais a comer?
–No sabemos muy bien. Lo que nos elijas. Lo más rico.
–¿Coméis los pescados crudos?
–Si están muertos...
–¿También anguila?
–Sí.
–¿Y pulpo?
–Pulpo… Bueno. Vale. Probamos.

Se llamaba Kotaro, y a los 18 años un agente se lo había llevado a jugar al fútbol a Uruguay, al River Plate. No le fue bien. El primer año no entendía una palabra y no disputó ningún partido. Desde el principio decicieron llamarle El Chino. El segundo año le fue algo mejor. Al menos jugaba.

De ahí se fue a Costa Rica, donde se peleó con un entrenador que no le sacaba mucho. También pasó por México. Y por Colombia, donde se casó con una nativa. Allí se acabó su carrera, y desde allí regresó El Chino con su esposa a Japón.

–Jugaba de volante de contención.
–¿Como Makelele?
–Como Marcos Senna. Muy bien España en la Eurocopa.
–¿Viste los partidos? ¡Si aquí empezaban a las tres de la mañana!
–Sí, sí, todos. Tengo turno de noche aquí. Estamos abiertos 24 horas. A uno de los encargados también le gusta mucho el fútbol, y cuando empezaban los partidos nos tomábamos un descanso.

En las plantas superiores del Zanmai se pueden encontrar de madrugada grupos de turistas que aguardan dormidos sobre las mesas a que den las cuatro de la mañana. Dice Kotaro que es la mejor hora para llegar al mercado de Tsukiji a ver el trajín de peces que luego terminan en sus manos.

–En el sushi, es muy importante el corte, ¿verdad?
–Bueno, para cada pescado es distinto, pero no es difícil.
–¿Qué es lo más importante para que el sushi sea bueno?
–Tener buen pescado. Algunos cocineros dicen que ellos marcan la diferencia… Pero yo creo que lo único importante es tener buen pescado. Como éste –dice levantando una pieza de atún pescado en el Mediterráneo.

Kotaro se hizo cocinero de sushi hace seis meses. Después de dejar el fútbol y regresar a Japón, le dieron un curso en el propio Zanmai, y allí está aplaudiendo bolas de arroz y colocándoles encima tiras de pescado crudo. A pesar de haber jugado como volante de contención, se queja de que en el restaurante los veteranos le encargan las tareas más pesadas.

Suelta también una sonrisa cansada al contar que su mujer no quiere seguir en Japón. No se acostumbra al país, no aprende el idioma. Él tiene una esperanza: su jefe dice que va a abrir un Zanmai en Madrid, y que le enviaría para hacerse cargo y servir los mismos atunes mediterráneos.

Nos fuimos con la impresión de haber aprendido un par de lecciones de globalización del sushi y el fútbol. Y pensando que quizá Kotaro prefería ser El Chino y mirar la hierba pintada de cal, aunque fuera desde el banquillo.

[Todas las anotaciones japonesas] [Fotos del viaje a Japón]

3.9.08

Anotaciones japonesas (6)


El manto de luces de la noche de Tokio. Una colcha cosida con pedazos de tela arrancados de otras ciudades: desde cualquier esquina se levanta el vapor luminoso de fachadas con pantallas y neones. Lo que se obtiene al reunir sobre un mismo mapa Times Square, Piccadilly, Callao.

Subidos a la Torre de Tokio –copia en rojo de la Eiffel, aunque nueve metros más alta–, miramos el fondo del paisaje completado con otros pedazos más pequeños. Está, por ejemplo, el tipo que ha tenido que quedarse en el despacho de la planta 52. Y está su tristeza por no regresar a casa. Entre los dos dibujan también ese decorado parpadeante. Un cuadro bello pintado con pinceladas de angustia. También ayudan el contable que olvidó apagar la luz, el rastro del guardia que cumple su ronda serpenteando por la fachada. Un algoritmo en una computadora. Un plumero sobre la mesa de juntas. El paisaje.

[Todas las anotaciones japonesas] [Fotos del viaje a Japón]

28.8.08

Anotaciones japonesas (5)

Sucede poco en Japón eso de que desaparezca el sendero. Pero hay lugares, como la estación de Nikko, al norte de Tokio, en los que no se ven pistas de por dónde seguir hacia el sitio al que se va. Así que uno se apea del tren con unos cuantos occidentales más, sale a la calle, y finge distraerse con cualquier cosa esperando que algún otro haga el primer movimiento.

Hay quien se ata los cordones, quien revuelve lo que lleva en la mochila, quien limpia unas gafas impolutas. Todos hemos leído que debemos tomar un autobús hacia la zona de los santuarios, pero allí no encontramos ninguno esperando, ni vemos dónde esperarlo a él.

Amenaza lluvia. Incluso caen algunas gotas, jirones de niebla derretidos. Al otro lado de la calle, vemos una tienda abierta, una mezcla de bazar y restaurante, y decidimos comprar un paraguas por si termina cayendo toda la niebla. Cuando cruzamos, los occidentales que se fingían atareados (unos 15) empiezan a caminar detrás. Como si supiéramos.

Se detienen a pocos metros de la tienda mientras hablamos con las dos ancianas que nos venden el paraguas, objeto del que Japón es el principal productor del mundo. También sacamos de allí que al autobús debemos esperarlo al otro lado de la calle.

Regresamos, y al regresar nos cruzamos con el pelotón occidental, que ahora finge estudiar la tienda desde la distancia. Aguantan un rato repartiendo miradas entre el género y el cielo, y enseguida dan la vuelta, para seguir fingiendo a nuestro lado en la parada.

El pueblo parece poco más que eso: un apeader, un grupo de casas insulsas y un camino de un par de kilómetros hasta la zona de santuarios. Carretera arriba, se pasa al lado del famoso puente rojo. Es una reconstrucción (sí, también esto) del que había allí en el siglo XVII, pero igualmente sagrado: hasta 2005 sólo podían usarlo los miembros de la corte imperial. Bajo la réplica roja, la niebla sigue flotando sobre el río.

Más arriba, un musgo tupido cubre las rocas, los faroles de piedra, los troncos. Parecen piezas de un gigantesco envoltorio de tiempo detenido. Los elementos de una escenografía del silencio contagioso. Los santuarios sintoístas (Tosho-gu, Rinno-ji y Futurasan-jinja) están además enterrados en un bosque de cedros de 30 metros, y por allí caminamos todos despacio y sin hablarnos.

Unos pasos por delante, en un jardín que en realidad parece la maqueta de un jardín, va una pareja norteamericana que nos pide casi susurrando que les fotografiemos en un estanque. Después se ofrecen a tomarnos la misma foto. Cuando vuelven a detenerse, apretamos el paso como si no les viéramos. De repente me asalta el pánico de imaginar que en un salón de Wisconsin tienen nuestro mismo viaje con otras caras.

Seguimos en un paseo que es una ascensión continua. Un santuario no es un buen santuario si uno no siente alivio al alcanzarlo. La mejor herramienta para lograrlo son los escalones trucados: la longitud que se sube es siempre mayor que el espacio para colocar el pie, y esa superficie no es horizontal, sino que se ha construido inclinada hacia abajo. Al llegar al final, en realidad se ha subido dos veces una sola escalinata. Quizá es también parte de ese decorado para el silencio, la dificultad de hablar sin resuello.

Así seguimos consumiendo escalones, admirándonos con el musgo, los cedros, la sencillez hipnótica de las construcciones, las hileras de faroles de piedra: una postal en cada recodo casi. Hasta que, ya cerca de las dos de la tarde, cayeron las primeras gotas, estrenamos el paraguas y caminamos en busca del Hippari Dako, un minúsculo restaurante de tres mesas con las paredes y el techo cubiertos con mensajes y tarjetas de visita de comensales anteriores.

–¿Tenéis hambre? –nos pregunta una señora bajita y arrugada.
–Sí, sí.
–Sentaos donde queráis.

A aquella hora se podía elegir cualquiera de las tres mesas. En el local estaban sólo la señora y una chica que la ayudaba, quizá su hija. Cuando nos decidimos y nos sentamos, la señora dejó en la mesa dos vasos de agua, se llevó nuestra botella de plástico vacía para devolvérnosla llena.

Desde la pregunta con la que nos saludó, tuvimos la extraña certeza de que vivía unos segundos por delante. Lo siguiente que hizo fue traer una carta en español. Mientras, leíamos los papelitos que cubren las paredes desde 1990: “Estaba perdido, tenía frío y hambre. Ahora estoy feliz”. Y también: “Pedirse empanadillas, que son aún mejores que las del chino de Plaza España”.

Hicimos caso, y al acabar con las empanadillas, el yakitori, el arroz y los fideos, arrancamos una hoja del cuaderno e Irene nos dibujó al lado de una botella de sidra. La despedida de Nikko para regresar a Tokio. Antes de que terminara, la señora, un paso más allá, y en silencio, había dejado una caja de chinchetas sobre la mesa.

[Todas las anotaciones japonesas] [Fotos del viaje a Japón]

15.8.08

Anotaciones japonesas (4)

Mañana de lunes en Tokio. A pesar de que era sólo el tercer día allí, habíamos perdido la cuenta de los días. Pero la fauna del metro había cambiado de color. Trajes oscuros y camisas blancas inundando los pasillos. Ni rastro de manchas chillonas. Incluso parecía que habían desaparecido los tintes de las melenas esculpidas de ellos.

Maletines con ordenadores portátiles. Paso apretado. Gente camino del trabajo, vamos. Pero nos quedamos mirándolos como si se tratara de una manada de lemures adiestrados para la recolección de la perla. Con una boba curiosidad casi zoológica. Como si por las mañanas, en el metro de Madrid, la gente no fuera a trabajar. Como si no fuéramos nosotros esa gente.

Nos encontrábamos, sin duda, de vacaciones en la vida de los demás. Así que observamos los vagones de metro como si acabaran de inventarlos en aquel instante. Está el cumplimiento riguroso de las normas: si el cartel pide que no suenen los teléfonos, no se oye ninguno; si pide que no se lleve alto el volumen de la música, también silencio.

También están las marcas en el suelo, escrupulosamente respetadas. A partir de ellas se forman serenas colas cada seis o siete metros, sin nadie a la deriva entre ellas. Como dispuestas para un desfile olímpico. Y antes de entrar en los vagones, con igual serenidad, se espera a que salgan quienes tienen que hacerlo. Entonces es cuando se aprieta la cosa y se reciben con fastidio los inesperados empujones. Incluso, muy de mañana, son célebres los manoseos a las señoritas.

Parece absurdo, después de todo el orden y la serenidad, pero hay que tener en cuenta que los japoneses también pueden ser budistas y sintoístas al mismo tiempo, y no pasa nada.

Además, desde hace tiempo, a primera hora de la mañana y a la de la vuelta del trabajo, los trenes llevan un último vagón sólo para chicas, con sus carteles rosas y sus publicidades de cosméticos. Eso también se respeta perfectamente. Y con absoluta serenidad.

[Todas las anotaciones japonesas] [Fotos del viaje a Japón]

13.8.08

Anotaciones japonesas (3)


Al principio resulta imposible darse cuenta, pero ver templos en Japón es como comer pipas: después de un rato uno sabe que tiene que dejarlo, pero ve la bolsa, y aún no se ha vaciado, y sigue, que es sólo otro poco más.

Cuando llegamos a Senso-ji, el primero, en el barrio de Asakusa de Tokio, ni siquiera sabíamos que habíamos abierto una bolsa. Sólo habíamos leído que allí guardaban una imagen dorada de Kannon, la diosa budista de la misericordia, que dos pescadores habían sacado de un río en el año 628 y que desde entonces permanecía en el mismo lugar. Aunque la imagen no puede verse y en realidad nadie sabe si sigue allí. El resto de los datos hacen confiar poco: el edificio principal, donde se supone que se guarda la imagen, es una reconstrucción levantada en 1958, la pagoda se rehizo en 1973 y la puerta del Trueno, en 1960.

En cualquier caso, se atraviesa la puerta del Trueno, entre los dos guardianes (Fujin y Raijin), y la escenografía de faroles y pequeñas tiendas de la calle Nakamise-dori consigue cegar cualquier suspicacia. En esta galería comercial trinfan sobre todo las galletas recién horneadas y empaquetadas allí y las katanas de toda clase.

Por si queda alguna duda, al final del pasillo, delante del pabellón principal, se consumen en un caldero decenas de palitos de incienso. Alrededor se agolpan personas de todas las edades que se abanican el humo encima. Dicen que mantiene sano.

Allí se hace lo que en todo templo budista: buscar la suerte. Están los que agitan una especie de gran palillero. Dentro se mezclan cien palillos numerados, del tamaño de los que se usan para comer. Se saca uno, se mira el número y se abre el cajón correspondiente en la pared. Dentro, en medio folio, se puede leer el futuro. Si viene bueno, se guarda en el bolsillo. Si no, se dobla y se abandona atado en un juego de cuerdas, como ropa mojada.

También para la buena suerte puede comprarse en los templos todo tipo de amuletos, colgantes, pulseras. Los hay que protegen de los accidentes de tráfico, que propician la maternidad, espadas que prometen prósperos negocios. Incluso, se supone, puede elegirse el tamaño de la suerte, porque se venden espadas por 3.000 yenes (18 euros) al lado de otras por 1.000.

Mientras se sigue luego de templo en templo, consumiendo la interminable bolsa de pipas, uno no deja de pensar en cómo se decide uno entre los tamaños de espada. O cómo se elige protegerse del tráfico antes que de la enfermedad. O por encima de cualquier otra posibilidad para la que se diseñe un amuleto. Quizá por eso se sigue, por descifrar algo de esa infinita búsqueda de la suerte. O sólo porque parece que hay que seguir.

[Todas las anotaciones japonesas] [Fotos del viaje a Japón]

9.8.08

Anotaciones japonesas (2)

Le voy a echar la culpa a las maniobras de las azafatas con la comida y los relojes, pero en cuanto pisamos Tokio tuve la extraña (y boba) sensación de que nos estaban esperando. Como cuando uno ve políticos aterrizando lejos, recibidos con bailes regionales y cestas rebosantes de pan y embutidos del pueblo. Todo lo que sale en los folletos desplegado de golpe. Así es la sensación de tropezarse de repente con un ramillete de tópicos.

Recordatorio de los de este país: Los japoneses son muy amables. En cualquier lugar del mundo de lo primero que te hablan es de fútbol. Resulta imposible encontrar una dirección en Tokio.

Para llegar al hotel desde el aeropuerto, seguíamos a ciegas unas indicaciones encontradas en internet, que incluían un transbordo absurdo. Salimos a la calle para caminar unos 200 metros y volver a entrar en otra estación de metro (algo que podía hacerse tranquilamente por un pasaje subterráneo). Antes de bajar de nuevo con las maletas, nos paramos frente a un mapa para escoger la boca de metro equipada con ascensor. Indescifrable. Imposible saber hacia cuál había que caminar.

–Hola. ¿Puedo ayudaros? –nos preguntó un hombre en inglés.

Era la primera persona que pasaba por allí en los últimos dos o tres minutos. Unos 40, bajito (claro), piel curtida (raro), sonrisa de dientes separados, gorra azul, camiseta, vaqueros. Le explicamos, miró el mapa, preguntó a otros que limpiaban cristales un poco más allá y dijo que nos acompañaba.

–¿De dónde sois?
–De España. Venimos de Madrid.
–¡España! La Eurocopa... ¡Felicidades!
–¿Vio los partidos?
–Sí, sí. España juega muy bien. Muy bien.

Enseguida encontramos el ascensor y nos despedimos. Muchas gracias. Hasta luego, hasta luego. Nada de darse la mano. Aunque hubiéramos caminado un día entero.

El resto de las instrucciones funcionaron y tardamos poco más en llegar al hotel, una especie de albergue plus recomendado por Xurxo y JJ. Ducha y un buen rato de siesta antes de salir a pasear por los barrios de Shinjuku y Shibuya, modernos, comerciales y luminosos.

Cuando nos llegó el hambre de cena, escogimos uno de los restaurantes recomendados en la guía y empezamos a buscarlo. Nos rendimos diez minutos después. En Tokio, efectivamente, muy pocas calles tienen nombre, y las direcciones siguen un complicado sistema de numeración por bloques que puede no ser consecutivo en la misma avenida, ni tener nada que ver de una acera a la de enfrente. Algunos dicen que eso y las calles en zigzag son una prevención del pasado para despistar enemigos.

A nosotros nos obligó a retirarnos a un bar de sushi sin mesas, ni sillas ni banquetas, en cuya barra nos enseñaron cómo se come cada pieza y cuáles se meten antes en la soja y cuáles no.

[Todas las anotaciones japonesas] [Fotos del viaje a Japón]

7.8.08

Anotaciones japonesas (1)

Después de 11 horas en un avión se concluye, sobre todo, que las azafatas son mucho más que camareras flotantes. Quizá lo más extraordinario sean sus habilidades como malabaristas del tiempo, algo que, en contra de lo que parece, se deriva directamente del camarerismo. Porque el tiempo se trampea con la comida. Y con persianas.

Si a uno le privan de luz durante un número suficiente de horas y le administran las dosis necesarias de comida (preferentemente interrumpiéndole el sueño), terminará por creer cualquier cosa sobre el reloj cuando aterrice. Por eso se afanan las azafatas empujando carritos por los casillos y alargando el brazo por encima de los durmientes para tapar las ventanillas.

Así nos pasamos el trayecto entre Amsterdam y Tokio. Ahora una cajita con comida firmada por el chef japonés de un hotel holandés, luego un café, un rato de sueño, un vaso de agua, un zumo, una toallita, sueño, sueño, y cuando más dormido estaba, fideos calientes con palillos, entre el sonoro sorbeteo nipón, que se ve que es como se toma este plato. Después creo que volví a dormirme. Hasta que las malabaristas hicieron amanecer. Descubrieron las ventanillas y sirvieron el desayuno.

Mientras aterrizábamos le dimos siete vueltas a las manecillas del reloj, pero si el capitán hubiera dicho 29, lo habríamos hecho también sin saber cómo contradecirle.

Con esa sensación de recién salidos de una máquina del tiempo, o de un gran truco despistante, recogimos el equipaje, conseguimos yenes y encontramos la oficina de la compañía ferroviaria para recoger el Japan Rail Pass, el interrail japonés. Sólo se puede comprar fuera del país, pero al pagar lo único que se recibe un vale que hay que canjear por el pase al llegar. Con eso, ya podíamos empezar a reservar y a usar trenes. El primero, para llegar a Tokio desde Narita, unos 70 kilómetros.

Con la misma calma, las mismas sonrisas e inclinaciones de cabeza con las que comprobó nuestros pasaportes para darnos el JRP, el chico bailoteó los dedos sobre la pantalla hasta que la máquina escupió dos billetes. Los colocó sobre la mesa y con la mano extendida sobre ellos, con un movimiento de cortina que se descorre, dijo: "Narita... Tokio. OK?". Asentimos, y añadió: "El tren sale dentro de menos de ocho minutos".

Le miré de nuevo por si al principio no me había dado cuenta y se trataba de otra azafata haciendo bromas con el tiempo, pero allí seguía sonriendo el mismo tipo de camisa blanca y corbata oscura. "Por allí", dijo mientras señalaba en línea recta a través de la puerta. Empezamos a recoger los pasaportes, los JPR, los nuevos billetes. "¿Todo recto?". "Sí, Narita Express".

En Japón se aprende enseguida a no temer a seguir indicaciones a ciegas, aunque parezcan absurdas. De frente y en menos de ocho minutos. También se confirman de golpe varios tópicos, pero eso es historia de otro día.

No fotografiado: Mi primer lector en japonés, en la cola para embarcar en Schipol: de (nuestro) atrás adelante, siguiente columnas de derecha a izquierda, escarbando casi al llegar al lomo. En medio del mareo nocturno (fingido), entre dos cabezales, otros dedos que pasaban páginas de columnas kanji.

[Todas las anotaciones japonesas] [Fotos del viaje a Japón]
Blog Widget by LinkWithin